COMBUSTIÓN HUMANA ESPONTÁNEA



Uno de los primeros casos bien atestiguados de combustión
humana espontánea fue registrado por Thomas
Bartolin en 1673. Una pobre "mujer del pueblo"
fue misteriosamente consumida por el fuego en París.
Había sido gran bebedora de "licores fuertes",
hasta el punto de no tomar ningún alimento durante
tres años. Una noche se echó a dormir en un colchón
de paja y ardió durante la noche. Por la mañana sólo
se encontraron la cabeza y las puntas de los dedos; el
resto de su cuerpo estaba reducido a cenizas. Refiere
el caso Pierre-Aimé Lair, que en 1800 publicó el primer
ensayo extenso sobre el tema de la combustión
humana. (American Medicine, 9:657, 22 de abril de
1905; Pierre-Aimé Lair, Essai sur les combustions humaines,
págs. 10-11)
Un informe insólitamente vivaz y detallado de una incineración
humana inexplicable fue el dado por Claude-
Nicolas Le Cat, un médico que trabajaba como
aprendiz de cirujano en Reims (Francia), donde vivía
en una posada. El posadero, Jean Millet, tenía una
mujer de mal genio y que se emborrachaba a diario.
La noche del 19 de febrero de 1725 la posada estaba
llena de gente, por ser víspera de una gran feria. Millet
y su mujer, Nicole, se acostaron temprano. La señora
Millet no podía dormir y se levantó para bajar
a la cocina, probablemente para emborracharse como
de costumbre, hasta quedar inconsciente frente al fuego.
Su marido se durmió, pero hacia las dos de la mañana
despertó sobresaltado. Olió a fuego y corrió escaleras
abajo, golpeando de paso las puertas para despertar
a los huéspedes. Cuando el grupo llegó, presa
del pánico, a la gran cocina, lo que encontraron ardiendo
no fue la posada sino a la mujer del posadero,
que estaba acostada cerca de la chimenea y casi totalmente
consumida por el fuego. Sólo quedaban parte
de la cabeza, las extremidades inferiores y algunas vértebras.
El fuego había penetrado en la pequeña zona
del piso que quedaba debajo del cuerpo, y la silla en
que solía sentarse junto a la chimenea estaba ligeramente
chamuscada, pero el resto de la habitación no
había sido tocado por el fuego.
Un teniente de policía que hacía su ronda acompañado
por dos gendarmes oyó el tumulto en la posada,
se apresuró a entrar, vio los restos humeantes e inmediatamente
detuvo a Jean Millet bajo sospecha de asesinato.
Era bien sabido que la señora Millet era no sólo
una borracha, sino una arpía que hacía la vida imposible
a su trabajador marido. En la ciudad se sospechaba
que Jean estaba deseando librarse de ella para
poder casarse con una sirvienta que trabajaba en la
posada. La acusación fue que el posadero había derramado
el resto de la botella de licor sobre el cuerpo
de Nicole Millet (que para entonces ya estaría incons-
ciente), le había prendido fuego deliberadamente y había
tratado de hacer que pareciese un accidente.
El joven médico Le Cat estaba entre los que se precipitaron
escaleras abajo y vieron el cuerpo achicharrado
de la señora Millet. Durante el juicio que siguió,
testimonió a favor del posadero. Afirmó que no creía
que ningún agente humano pudiera explicar la total
combustión del cuerpo de la infortunada víctima de
manera que sólo quedaran el cráneo y las extremidades,
y además de tal modo que dejara intactos los objetos
cercanos. La audiencia fue muy acalorada, pues
la acusación insistía en que Jean Millet era un asesino.
Fue declarado culpable y condenado a muerte. Sin
embargo, la repetida declaración de Le Cat de que
aquél no podía haber sido un incendio "normal", sino
que se trataba de "un castigo de Dios", acabó por
convencer al tribunal. La condena de Jean Millet fue
revocada y se le puso en libertad. Pero para entonces
la vida del pobre hombre estaba deshecha. Profundamente
deprimido, pasó el resto de sus días en un hospital.
(Theodoric R. y John B. Beck, Elements of Medical
Jurisprudence, 10a ed., Vol. 2, págs. 94-105;
chael Harrison, Fire From Heaven: A Study of Spontaneous
Combustion in Human Beings, tomado de diversos
pasajes; Pierre-Aimé Lair, Essai sur les combustions
humaines, págs. 22-25)
El famoso caso de la condesa Di Bandi, de Cesena (Italia),
fue descrito primero por el reverendo Joseph Bianchini,
de Verona, en un relato fechado el 4 de abril
de 1731, y que llegó a conocimiento de la Royal Society
de Londres en 1745:
La condesa Cornelia di Bandi, en el sexagésimo
segundo año de su edad, estuvo todo el día tan bien
como solía, pero esa noche, en la cena, se veía
triste y abatida. Se retiró, la acostaron y allí pasó
más de tres horas departiendo familiarmente con su
doncella, y rezando algunas oraciones; al fin, se
durmió y cerraron la puerta. Por la mañana, la
doncella, al darse cuenta de que su señora no se
despertaba a la hora de costumbre, entró en la
alcoba y la llamó; pero al no recibir respuesta,
temiendo algún accidente, abrió la ventana y vio el
cuerpo de su ama en este deplorable estado.
A cuatro pies de distancia de la cama había un
montón de cenizas y dos piernas intactas, desde el
pie hasta la rodilla, con las medias puestas; entre
ellas estaba la cabeza de la señora, cuyos sesos, la
mitad de la parte posterior del cráneo y toda la
barbilla estaban reducidos a cenizas, entre las que
se encontraron tres dedos ennegrecidos. Todo el
resto eran cenizas, que tenian la particularidad de
que al tomarlas en la mano dejaban una humedad
grasienta y pestilente.
Se observó también que el aire de la habitación
estaba cargado de hollin que en él flotaba. Una
pequeña lámpara de aceite que había en el suelo
estaba cubierta de cenizas, pero sin aceite. Dos
velas que había en sus candelabros sobre una mesa
seguían en pie; en ambas quedaba la mecha, pero el
sebo había desaparecido. Alrededor de la base de
los candelabros había alguna humedad. La cama no
sufrió el menor daño; mantas y sábanas estaban
sólo levantadas de un lado, como cuando una
persona entra o sale de ella. Todo el mobiliario, así
como la cama, estaban cubiertos de humedad y
hollín color ceniza, que había penetrado en la
cómoda, llegando a ensuciar la ropa. Más aún, el
hollín había penetrado también en una cocina
vecina y cubierto sus paredes, muebles y utensilios.
Un trozo de pan de la despensa, negro de ese hollín
que lo cubría, fue dado a los perros, y todos se
negaron a comerlo. En la habitación de arriba se
notó además que de la parte inferior de las ventanas
chorreaba un licor grasiento, amarillento,
repugnante; y también allí notaron que olía mal sin
saber por qué, hasta que vieron volar el hollín.
Fue notable que el suelo tuviera una capa
de una humedad viscosa tan gruesa que no pudieron
quitársela, y el hedor fue extendiéndose más y más
por las otras habitaciones.
Nótese que se trataba de una mujer de clase alta y
buen carácter, no de una pobre vieja dada al alcohol.
Sin embargo, sí existía alguna relación con el alcohol.
Pocos días después de la muerte de la Condesa, un noble
italiano que pasó por Cesena dijo que había sabido
de buena fuente que la Condesa tenía la costumbre
de lavarse el cuerpo con espíritu de vino alcanforado
cuando se sentía indispuesta, y que era muy probable
que lo hubiera hecho la noche anterior al accidente.
Tras muchas especulaciones a cargo de las autoridades
médicas de la época, la opinión final fue que,
aunque también cabía echar la culpa a un rayo, lo más
probable era que se hubiese producido en su cuerpo
una combustión interna debida a causas naturales; que
se había levantado de la cama para refrescarse y le había
sobrevenido camino de la ventana. Su cuerpo se
consumió desde dentro y no hubo llamas externas que
pudiesen prender fuego al mobiliario. La combustión
interna fue atribuida a
efluvios inflamados de su sangre, por los jugos y
fermentaciones de su estómago, debido a las
muchas materias combustibles que abundan en los
cuerpos vivos para los usos de la vida; y,
finalmente, por los ardientes vapores que exhalan
las heces del espíritu de vino, el aguardiente y otros
licores en la tunica vinosa del estómago y otras
membranas adiposas o grasas, dentro de las cuales
(como observan los químicos) esos licores engendran
una especie de alcanfor, y que por la noche,
durante el sueño, con un aliento y respiración más
plenos, cobran un mayor movimiento y son, en
consecuencia, más aptas para prenderse fuego.
(American Medicine, 9:657-58, 22 de abril de 1905;
Gentleman's Magazine, 16::369, 1746)


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SAIKU

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