EL CANDELABRO Y LA LINEAS DE NAZCA





En el valle de Nazca (Perú), al norte y al sur del pueblo de Nazca, y a unos
cuatrocientos kilómetros de Lima, existe un extraordinario y misterioso sistema de
marcas en el suelo. 
Consiste en una serie de marcas paralelas y cruzadas, parecidas a carreteras o caminos, durante mucho tiempo consideradas como las «carreteras incas». 
Sin embargo, al contrario de las maravillosas carreteras incas,no conducen lógicamente a ningún sitio, sino que forman un conglomerado de trapecios, triángulos, rectángulos y otras formas geométricas. 
Otros caminos,vistos desde un avión, parecen tener la forma de enormes arañas, tortugas,
pájaros, jaguares, serpientes, monos, peces, incluyendo una ballena, una
gigantesca figura humana y otros dibujos de cosas no identificadas. 
Se cree que fueron hechos por una raza desconocida, mucho antes de la llegada de los incas, quizá hace quince siglos, trazando profundos surcos en la dura tierra, esculpiendo
diseños en las rocas y también construyendo pequeños y continuos oteros , de
acuerdo con el terreno. 
Anteriormente, ya se habían descubierto enormes pictografías en las laderas de los valles vecinos, pero las «líneas» o «caminos» de Nazca sólo pudieron ser vistos desde el aire durante una serie de estudios de irrigación, ya que son difícilmente discernibles desde tierra. 
Si usted se dirige a Nazca utilizando la autopista panamericana, pasará muy cerca de estos «caminos»,pero le será muy difícil verlos desde su coche. 
Por el contrario, desde el aire, el aspecto que ofrecen es considerablemente distinto, ya que este asombroso complejo de diseños y figuras sólo puede ser observado desde arriba, desde donde seguirán siendo visibles después de los siglos intercurrentes.
Las líneas y las gigantescas pictografías cubren una zona de más de 96
kilómetros de longitud y de dieciséis kilómetros de anchura. Las líneas rectas son
exactamente rectas, como si se hubiesen trazado bajo la vigilancia de un experto;
un verdadero y auténtico misterio si tenemos en cuenta el tamaño relativo, el lugar
y el período de la historia. 


Pero el avance direccional de estas líneas no deja de ser menos misterioso. En efecto, algunas veces continúan durante pocos metros,mientras que otras siguen durante kilómetros, permaneciendo absolutamente rectas a pesar de que, en algunas ocasiones, tienen que «saltar» por encima de una montaña.
Se ha escrito mucho y se ha especulado igualmente sobre la posibilidad de que
estas líneas fuesen «aeropuertos prehistóricos» para pilotos interestelares, o
incluso mensajes para viajeros cósmicos; un vuelo en alas de la fantasía que, por
extraña coincidencia, encuentra eco en una antigua leyenda peruana sobre la
llegada de la diosa Arjona en una gran aeronave procedente de los cielos, que
aterrizó en aquellas tierras.
Otra explicación menos imaginativa, pero aún más fascinante es la que nos
sugieren las investigaciones llevadas a cabo por los doctores Paul Kosok y María
Reiche. 
El doctor Kosok, mientras se hallaba examinando las misteriosas líneas in
situ, estaba situado en una colina, al final de una larga línea de la que irradiaban
otras. Aquel día, 22 de junio, correspondía al solsticio de invierno de la zona
situada por debajo del ecuador. Cuando el Sol se puso en el horizonte, sus rayos
proyectaron una sombra exactamente sobre la línea en la que él y su esposa se
hallaban. Esta asombrosa coincidencia le indujo a examinar otras líneas desde el
punto de vista astronómico, y sus descubrimientos le indicaron que muchas de ellas
tenían un significado sólo comprensible para un astrónomo; estaban relacionadas
con los planetas, el Sol, la Luna y otros cálculos relativos a los solsticios y
equinoccios. 
La doctora Reiche, apoyándose en estos asombrosos descubrimientos,
llegó incluso a establecer una edad aproximada (500 años d. C.) para el «libro más
grande de astronomía», basándose en el promedio de desviación anual de ciertas
estrellas «fijas» relacionado con los caminos trazados en el desierto.
¿Acaso estas gigantescas cartas astronómicas fueron hechas para alguien que
podía verlas desde lo alto? En tal caso, ese «alguien» tenían que ser los dioses a los
que había que apelar y aplacar para que no sólo mantuviesen el Sol, la Luna, los
planetas y constelaciones en sus caminos o senderos, sino, además, para que les
proporcionasen un clima benigno. Las enormes figuras quizá representaban
constelaciones del Zodiaco u otros grupos de estrellas.
Los primitivos habitantes de América se preocupaban grandemente de sus
deberes para con los dioses celestes, con el fin de que éstos fuesen benignos con
ellos. Tribus y naciones enteras se consideraban a sí mismas como responsables del
perfecto funcionamiento del cosmos: el centro de la cosmología inca era el
Intihuatana («pilar de enganche del Sol»), un marcador de piedra donde la sombra
del Sol se proyectaba exactamente durante el solsticio. Las más antiguas
civilizaciones americanas fueron también las más avanzadas en los cálculos
astronómicos y matemáticos. Los aztecas, más adelante, procuraban mantener «el
equilibrio de los cielos» mediante numerosos y constantes sacrificios humanos, cosa
que, como los mismos aztecas comprobaron más tarde, no lograba calmar a los
dioses celestes.
Estas enormes construcciones, producto de una raza muy avanzada
culturalmente y que desapareció antes del descubrimiento de América, también se
encuentran en otros lugares del Nuevo Mundo. En estos sitios existen millares de
figuras, incluyendo estrellas, grabadas en piedras y rocas, como también en las
tierras ribereñas del río Colorado (California), donde las pictografías cubren una
gran extensión de terreno consistentes en filas y surcos de pequeñas piedras
talladas; técnica muy parecida a la utilizada en el valle de Nazca, y que incluye
enormes figuras humanas. Estas extrañas estructuras arqueológicas fueron
llamadas el Laberinto Mojave, aunque los indios mojaves supervivientes no tienen
ningún conocimiento del mismo. Gran parte fue destruido durante la construcción
de un ferrocarril en 1880.





Quizá la más asombrosa de estas antiguas huellas del pasado es el Candelabro
de los Andes, una figura grabada en un alto risco de Paracas (Perú), en la bahía de
Pisco, de 244 metros de longitud, y que puede ser vista con toda claridad a mucha
distancia desde el Pacífico. Esta enorme talla se parece a un candelabro de tres
brazos y da la impresión de que señala hacia el valle de Nazca, como si fuera una
gigantesca señal de camino. Cuando los conquistadores españoles la observaron
por primera vez, la interpretaron como una señal del Cielo —la Trinidad—,
considerándola un estímulo para cristianizar, conquistar y esclavizar a los
habitantes de aquellas tierras.
Después de examinar esta enorme talla en la roca, los españoles observaron
que había una gigantesca cuerda atada al brazo central de este «candelabro»,
como asimismo vestigios de que otras cuerdas habían unido los otros dos brazos.
Daba pues la impresión de que, en una época remota, aquello había constituido una
especie de aparato de uso desconocido.
Robert Charroux, en su obra Histoire Inconnue des Hommes Depuis Cent Mille
Ans, cita la explicación sugerida por un arqueólogo peruano, Beltrán García,
referente a esta enorme talla. Según este científico, el Candelabro de los Andes
podía haber sido un aparato para calcular las horas de las mareas, pero también
añade lo siguiente: «...este sistema, equipado con contrapesos, cuerdas, poleas y
subideros, constituía un gigantesco y preciso sismógrafo, capaz de detectar las
ondas telúricas y los temblores sísmicos procedentes no sólo del Perú, sino de todo
el planeta...».
Según otros, el Candelabro de los Andes pudo ser una especie de indicador
aéreo para los antiguos pilotos de aeronaves «más pesadas que el aire», para
indicar la situación de los «campos de aterrizaje» de Nazca.

Charles Berlitz

MISTERIOS DE LOS MUNDOS OLVIDADOS

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