LOS CATACLISMOS DEL MUNDO

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¿Qué clase de cataclismo fue lo suficientemente potente como para cambiar la
superficie de la Tierra, diezmar su población humana y animal, cambiar sus zonas
climáticas, elevar montañas y algunas tierras del fondo del mar y hundir otras bajo
los océanos? ¿Fue un cambio gradual o un súbito cataclismo lo que aniquiló
millones de seres humanos y animales y destruyó civilizaciones enteras?
Actualmente no sabemos qué pasó, sólo tenemos teorías. Estas teorías aún siguen
siendo investigadas por los geólogos, paleontólogos, prehistoriadores y astrónomos
con una fe y tenacidad comparables a las guerras religiosas de la Edad Media.
A pesar del relativo valor de las teorías sobre un cambio gradual o un súbito
cataclismo terrestre, que destruyó todo nuestro planeta, existen evidencias que nos
inclinan en favor de la última teoría. Los primeros exploradores rusos de la Siberia
septentrional encontraron inexplicables montones de huesos de elefantes,
rinocerontes y otros animales no árticos formando unas piras que constituían
colinas en la tierra y verdaderos arrecifes bajo el mar en las islas septentrionales. A
partir del siglo pasado, se han venido encontrando en Siberia mamuts congelados
bajo los hielos (el último fue descubierto recientemente en mayo de 1971 cerca del
río Indigirka), los cuales presentaban intactos sus globos oculares y restos de
plantas en sus estómagos (plantas que no podían haber crecido en Siberia ya que
esta región tenía un clima sub-ártico o ártico). Algunos de estos mamuts aún
conservaban hierbas masticadas en su lengua. (Jamás se han hallado plantas
sempervirentes en los estómagos de los mamuts; solamente pastos de climas
templados.) Otros mamuts congelados se han encontrado en condiciones
especiales: cuando se descongeló su carne, se demostró que podía ser aprovechada
por el hombre como alimento después de comprobarse que la comían los perros de
trineos. Algunos mamuts han sido hallados congelados dentro de grandes bloques
de hielo, dando lugar a leyendas, probablemente difundidas por cazadores que los
vieron, que aseguran que en Siberia aún existen mamuts. Sin embargo, cuando
estos animales vivían en Siberia y Alaska, el clima era considerablemente más
caliente y, si fueron atrapados y congelados por alguna catástrofe, es evidente que
ésta fue repentina. Un mamut fue encontrado a 66 grados de latitud en Siberia,
cerca del Círculo Ártico; los exploradores que lo descubrieron lo hallaron con la
cabeza fuera de la capa de hielo. Se comprobó que aún conservaba en su boca
comida semi-masticada y que todos sus huesos habían sido quebrados de repente,
tal vez momentos antes de su muerte. Otro mamut fue descubierto con la boca
llena de un tipo de planta que no pertenecía a la flora local, lo que constituía una
prueba evidente de un brusco cambio de temperatura.
Tanto los mamuts como los mastodontes fueron exterminados rápidamente
junto con otras especies de animales. Entre los animales descubiertos en los pozos
asfálticos de La Brea, cerca de Los Angeles (Estados Unidos), se encontraron
centenares de colmillos de tigres, caballos, camellos, mamuts, mastodontes,
bisontes y pavos reales, todos con huellas de haber sido atrapados de repente por
un cataclismo. Fenómenos casi idénticos han sido observados en numerosos
lugares del mundo. En una colina cerca de Chalon-sur-Saóne (Francia), se localizó
una extraña concentración de huesos de mamíferos, tales como rinocerontes,
caballos, osos, ciervos y otros pequeños animales. Al examinar estos hechos, el
famoso profesor Albert Gaudry dijo lo siguiente: «Es imposible suponer que
animales de tan diferente naturaleza y costumbres hayan podido vivir juntos
cuando estaban vivos.» Una sugerencia que nos hace pensar que el peligro común
durante un repentino cataclismo disolvió los límites entre «cazadores» y «cazados».
Una prueba de esta casi instantánea destrucción de la vida animal la
encontramos en el arte de tallar el marfil hace miles de años en China. Para tallar el
marfil éste tiene que ser relativamente fresco; si se deja expuesto al aire libre se
hace quebradizo y se rompe. El marfil utilizado en las antiguas tallas chinas era
extraído de «minas de marfil» de Asia y Siberia donde los mamuts habían quedado
congelados y conservados bajo las capas de hielo.
La violencia de tal cataclismo ha sido comentada por el profesor Frank Hibber
quien, al describir el estado en que se encontraban los millares de animales
extintos, muertos en Alaska durante una catástrofe prehistórica, dijo lo siguiente:
«...Millares de animales jóvenes muertos..., animales destrozados y cuyos
restos se hallaban dispersados por la campiña a pesar de que pesaban varias
toneladas, unas violentas tormentas podrían ser la causa de que muchos animales
fuesen hallados en cavernas y fisuras durante diferentes períodos geológicos...»
Más adelante, este mismo profesor observó capas de ceniza volcánica
entremezcladas con las pilas de huesos y colmillos de estos animales muertos, lo
que implicaba que habían fallecido por el calor desprendido por los gases volcánicos
al sofocarlos.
El profesor Immanuel Velikovsky, famoso historiador y astrónomo, cuyas teorías
sobre las causas de las catástrofes en épocas remotas causaron una revolución en
el mundo científico a finales de 1950, ha explicado la muerte de estos animales de
la siguiente forma:
«...En las colinas de Montreal, New Hampshire y Michigan, a seiscientos pies por
encima del nivel del mar, se han encontrado huesos de ballenas. En muchos
lugares del mundo —en todos los continentes— se han descubierto entremezclados
huesos de animales marinos tropicales y de tierras polares, así como en la cueva de
Cumberland (Maryland, USA), en la fisura Chou Kou¡ Tien (China), en Alemania y
en Dinamarca. Fueron descubiertos juntos hipopótamos, avestruces, focas y
renos.., desde el Ártico hasta el Antártico..., en las altas montaña» y en las
profundidades de los mares. Por todas partes encontramos huellas de grandes
cataclismos, antiguos y recientes...»
En su libro Earth in Upheaval, el profesor Velikovsky nos dice que Charles
Darwin, al hablar de sus viajes por Sudamérica a principios del pasado siglo,
observó que la mayoría de los animales extintos de América del Sur eran
contemporáneos de las conchas marinas descubiertas en tierra. Al considerar la
exterminación de especies enteras en aquella zona, expone lo siguiente»
«....Al principio, la mente se resiste a creer que se haya producido un
cataclismo tan espantoso; pero el hecho de que haya podido destruir tantos
animales, grandes y pequeños, en la Patagonia meridional, en Brasil, en la
cordillera del Perú y en Norteamérica hasta el estrecho de Bering, es algo que hace
estremecer todo el armazón del globo terráqueo.»
Sabemos que las regiones árticas y antárticos fueron en cierta época tierras
calientes, que el Sahara fue un mar, que existen bajo las aguas evidencias que
demuestran que en el mar del Norte y a la altura de la costa del Perú hubo
bosques, y que las montañas más altas del mundo, el Himalaya, estuvieron una vez
bajo las aguas, como lo demuestra la presencia de conchas marinas y moluscos.
Si una civilización debida al hombre estuvo una vez sumergida, en una o varias
ocasiones, debido al mismo cataclismo que destruyó animales y bosques y alteró el
nivel del mar y de la tierra en varios lugares del mundo, debemos abrigar la
esperanza de encontrar algún día vestigios de tales culturas anteriores a los
cataclismos. Algunos de estos restos los tenemos al alcance de la mano, pero la
clave está en saber reconocerlos.
Uno de estos restos podrían ser las ruinas de Tiahuanaco, situadas a tal altura
que parece inconcebible que una población lo suficientemente grande como para
construir esta ciudad haya podido vivir alguna vez allí. Tiahuanaco está situada a
una altura superior a los cuatro mil metros y algunas de las terrazas de piedra,
construidas alrededor de las montañas circundantes, llegan hasta la altura de las
nieves perpetuas, es decir, a más de seis mil metros. Otras ruinas de fecha
imprecisa algunas situadas a grandes profundidades bajo las aguas de los océanos
y mares, presentan una evidente semejanza con Tiahuanaco; independientemente
de cuando fueron construidas, no podían haber estado situadas en su actual nivel
en relación al mar.
No es necesario que recordemos que el hombre, al contrario de otras especies
que fueron atrapadas durante ciertas catástrofes prehistóricas, no desapareció, sino
que simplemente buscó refugio temporalmente «bajo la tierra», en las cavernas o
en las cimas de las colmas, o bien huyendo del lugar del cataclismo mediante
barcos o arcas. Los supervivientes de tal destrucción podrían haber sido capaces de
transmitir a las siguientes generaciones algo de las experiencias que sufrieron, bien
mediante la leyenda oral, bien, mediante manuscritos.
La mayoría de estas leyendas, además de conservar cierta unanimidad en
cuanto a los diluvios, terremotos, incendios y elevación de las aguas, presentan una
mezcolanza de observaciones físicas y exageradas fantasías. Sin embargo, otras
leyendas sobre catástrofes ocurridas en la Tierra contienen ciertas características
que son fácilmente comprensibles si consideramos algunas modernas teorías sobre
la Edad del Hierro, los movimientos sísmicos y los cambios de la Tierra debidos a
modificaciones de la corteza terrestre.
Existe, por ejemplo, una curiosa descripción del Gran Diluvio en el Génesis
(capítulo 7, versículo 19), donde se dice lo siguiente: «...En el mismo día se
rompieron todas las fuentes y las ventanas del cielo quedaron abiertas...» Esta
referencia a las fuentes implica que las aguas no sólo cayeron del cielo, sino que
también brotaron de las fuentes. Si la retirada del último período glacial ocurrió
hace unos doce mil años, como generalmente suele aceptarse, y si fue
considerablemente acelerada y acompañada por tempestades y movimientos
sísmicos, esta cita de la Biblia, en la que se sugiere un diluvio de aguas caídas del
cielo y otras brotadas de las fuentes, se convierte no en una fantasía religiosa, sino
en un fenómeno que alguien tuvo que ver y recordar. El Corán dice lo siguiente:
«...La superficie de la tierra hirvió..., el arca se movió... agitada por olas cornos
montañas...»
Aparte de la memoria del diluvio universal, conservada por casi todas las
naciones y tribus del mundo existen otras leyendas que se refieren a periódicas
destrucciones por el fuego y el hielo, terremotos y hundimientos de tierra, muy a
menudo con detalles similares. Uno de los códices aztecas, el códice de
Chimalpopoca dice lo siguiente de una catástrofe conservada en la memoria racial:
«...El tercer sol se llamaba Quia-Tonatiuh, sol de la lluvia, porque cayó una
lluvia de fuego; todo lo que existía ardió y cayó una lluvia de cascajos. También
relatan que mientras la piedra arenisca, que ahora vemos esparcida, y la tetzontli
(roca basáltica) hervían con gran tumulto, también caían rocas de color bermellón.
Esto ocurrió en el año Ce-Tecpatl, Primer Pedernal, en día de Nahui-Quiahuitl,
Cuarta Lluvia. Ahora, en este día, cuando los hombres se hallaban perdidos y
destrozados por una lluvia de, fuego, el mismo Sol ardía en llamas, y todas las
cosas, incluyendo las casas, fueron consumidas,..»
Existe una oración azteca al dios Tezcatlipoca, traducida al castellano en
tiempos de la conquista de América, que contiene evidentes alusiones a terremotos
y fuego caído del cielo, un fenómeno muy frecuente y mencionado por otros
numerosos pueblos antiguos. La oración, una larga plegaria al dios para rogarle que
cesase de castigar a la humanidad, «que había llegado muy bajo y a punto de ser
destruida», dice lo siguiente:
«...¿Es posible que este azote y castigo no nos haya sido dado para nuestra
corrección y enmienda, sino solamente para nuestra total destrucción; que el sol no
vuelva ya más a brillar y que debamos permanecer en la más perpetua oscuridad y
silencio...?»
Después de describir detalladamente el cataclismo y el incendio de la Tierra,
concluye de esta forma:
«...Oh, maestro universal, haz que termine tu recreo y satisfacción en
castigarnos; haz que se disipe el humo y la niebla de tu resentimiento; apaga
también el incendio y el juego destructor de tu cólera; deja que vuelva la serenidad
y la luz; permite que las pequeñas aves de tu pueblo comiencen a cantar de nuevo
y se acerquen al sol; dales un tiempo bonancible...»
El Popul Vuh de los mayas habla de cómo «los dioses movieron las montañas...
grandes y pequeñas montañas movieron...»
Asimismo, en otro documento maya que ha sobrevivido hasta nuestros días, el
libro de Chilam Balaam, existe un pasaje que no sólo describe una catástrofe, sino
que contiene alusiones a unas antiguas tierras que se hundieron en el mar:
«Ocurrió durante el Undécimo Áhau Catoun... cuando la tierra comenzó a
temblar. Y una espantosa lluvia cayó, y cayeron cenizas, y rocas, y los árboles
cayeron derribados al suelo. Y la Gran Serpiente fue arrebatada de los cielos. Y
entonces, como una tromba de agua, vinieron las lluvias... el cielo se derrumbó y
las tierras secas se hundieron. Y en un segundo, se acabó toda la destrucción.»
Ovidio, en su Metamorfosis, menciona algunos detalles sorprendentes en los
siguientes extractos de su descripción de la conflagración de Faetón, que pueden
constituir la muestra de una catástrofe en tiempos remotos:
«...Grandes ciudades fueron destruidas, junto con sus fortificaciones, y las
llamas convirtieron a todas las naciones en cenizas; los bosques, junto con las
montañas, ardieron... El Etna ardió intensamente con más llamas que nunca, y el
Parnaso, con sus dos cimas, y Eryx... El Cáucaso ardió, y el Ossa, y Pindó, y el
Olimpo, así como los elevados Alpes, y los Apeninos rodeados de nubes... Libia
quedó seca debido al extremo calor, y la humedad del suelo desapareció...».
Al llegar aquí debemos recordar la observación hecha por los sacerdotes
egipcios de Sais a Solón relativa al este mismo incidente, descrito por Platón en el
Timeo, muy parecido a Ovidio:
«...Esto parece un mito, pero, en realidad, significa una declinación de los
cuerpos que se mueven alrededor de la Tierra y en los cielos, y una gran
conflagración de cosas que sucedieron sobre la tierra en largos intervalos de
tiempo, cuando esto suceda, aquellos que viven en lo alto de las montañas y en
sitios secos y elevados serán más afectados por la destrucción que aquellos que
moran a orillas del mar y junto a los ríos...»
Numerosas y antiguas referencias al fuego, la destrucción, la oscuridad, los
cataclismos y extraños comportamientos de otros planetas y cometas, han sido
explicadas por el profesor Immanuel Velikovsky en su discutido libro Worlds in
Colisión. También en otros libros de este mismo autor se hace referencia a
violentas catástrofes acaecidas entre los siglos XV y VII a.C. en cuyo tiempo la
intersección de las órbitas planetarias produjo colisiones, originando cometas, uno
da los cuales se convirtió en el planeta Venus, después de chocar con Marte. La
Tierra, según la teoría del doctor Velikovsky, pasó dos veces a través de la cola de
dicho cometa produciendo los desastrosos efectos de enormes mareas, terremotos,
acumulaciones de piedras calientes, flujos de lava y elevación o descenso de partes
de la superficie terráquea. Sir Harold Spencer Jones; real astrónomo británico, dice
lo siguiente al respecto:
«.....Estas diferentes colisiones se supone que han sido las responsables de los
repetidos cambios en la órbita de la Tierra, en la inclinación de su eje, y en el
alargamiento del día, de las estaciones y del año. Se supone que la Tierra en cierta
ocasión dio un giro completo, de forma que el Sol salía por el oeste y se ponía por
el este. El doctor Velikovsky sostiene que entre los siglos XV y VII a.C, el año tenía
360 días y que súbitamente aumentó a 365,4 días en el año 687 a. C. La órbita de
la Luna y la duración del mes también cambiaron...»
Numerosas teorías sobre los tiempos antiguos concuerdan con la teoría del
doctor Velikovsky, sobre todo, aquella sobre la relativa «juventud» del planeta
Venus y el cambio del calendario, que ocurrió en la Antigüedad a ambos lados del
océano (el calendario asirio-babilónico y el año maya comienzan en una fecha
equivalente, según nuestros cálculos, el 26 de febrero). Las alusiones a los choques
de la Tierra, a largos períodos de oscuridad total e incluso a la «inmovilidad del
Sol» durante cierto tiempo, como se menciona en el Libro de Josué, ya fueron
comentadas por Herodoto. Este famoso historiador griego cuenta que los
sacerdotes de Menfis (Egipto) le dijeron, para demostrarle la antigüedad de su raza,
que comprendía 341 generaciones durante once mil años; durante los antiguos
anales de los reyes egipcios «el Sol había salido varias veces por donde
generalmente se pone, y se había puesto por donde debía haber salido». El careneo
de la Tierra por compulsión o por un choque con un planeta puede comprobarse en
la tumba de Senmut, un arquitecto egipcio de la XVIII dinastía, donde se ve un
cielo pintado con la constelación de Orión deslizándose en sentido opuesto al que
tiene normalmente.
Ciertas alusiones contenidas en el Eider Edda, una colección de legendarios y
antiguos poemas nórdicos relativos al gigante cósmico Lobo de la Destrucción,
Fenris, podría tener cierta analogía con las teorías del doctor Velikovsky. En efecto,
frases como «El lobo devora al Sol..., el otro lobo devora a la Luna..., la montañas
se derrumbarán cuando el lobo Fenris quede suelto..., el lobo Fenris avanza con la
boca abierta; la mandíbula superior llega hasta el cielo, y la inferior hasta el
suelo..., los cielos están desgarrados en dos partes...», etc., son más fácilmente
comprensibles cuando se las considera como primitivas observaciones de
cataclismos de la Tierra repercutiendo en los cielos.
Estas catástrofes humanas, respaldadas por teorías y observaciones científicas,
incluyen, entre otras, sucesos cataclísmicos acaecidos, según el doctor Velikovsky,
hace unos treinta siglos. Dichas catástrofes consistieron, según este científico, en:
«...Huracanes de gran magnitud, incendios de bosques enteros, lluvias de
polvo, piedras, fuego y cenizas caídas del cielo, en montañas derretidas como si
fueran de cera, en extensos flujos de lava, en mares hirviendo, en lluvias
bituminosas, en terremotos y ciudades enteras destruidas, en seres humanos
buscando refugio en las cavernas y fisuras de las montañas, en desbordamiento de
los océanos invadiendo las tierras, en mareas moviéndose hacia y desde los polos,
en tierras convertidas en mares y en grandes extensiones de agua convertidas en
desiertos, en nacimientos de nuevas islas y desaparición de otras ya existentes...,
en cambios de clima, en alteración de los puntos cardinales y de las latitudes, en
trastornos del calendario, en una alteración de los relojes de sol y de arena que
motivaron unos cambios en la duración del día, del mes y del año, en una nueva
Estrella Polar que...»
El primer libro del doctor Velikovsky, Worlds in colusión provocó en 1950 una
gran controversia en el mundo científico, sobre todo entre los astrónomos, incluso
antes de que apareciese. Cuando al final se publicó, la crítica le dispensó las más
dispares acogidas, como: «el más sorprendente ejemplo del derrumbamiento de
unos conceptos hasta ahora aceptados» y «el peor libro que se ha escrito desde
que se inventó la imprenta». Incluso uno de los más célebres astrónomos llegó a
decir que la obra no contenía más que mentiras, añadiendo, paradójicamente, «que
él nunca había leído el libro ni pensaba leerlo». La cosa llegó a tal extremo que los
profesores universitarios boicotearon otros libros editados por Macmillan (la
empresa editora que publicó Worlds in colusión), y a causa de los ultimátums de
muchos científicos, Macmillan tuvo que ceder sus derechos a otra editorial
(Doubleday).
Durante estos últimos veinte años, la controversia sobre las teorías del doctor
Velikovsky han continuado, y, sin embargo, algunas de sus teorías astronómicas
han podido ser comprobadas gracias a las pruebas espaciales, sobre todo, su
predicción sobre la temperatura de la superficie de Venus que él calculó en 800
grados Fahrenheit (Einstein había dicho que era de menos de 25 grados). Su teoría
de que Venus giraba en sentido opuesto al de los demás planetas, que la atmósfera
de Venus estaba compuesta de carbohidratos y que la superficie de Marte, igual
que la de la Luna, estaba cubierta de cráteres ha resultado ser exactamente cierto.
E incluso otra teoría sobre las cargas eléctricas positivas y negativas del Sol y de
los planetas cada día es más aceptada por los científicos.
Hugh Auchincloss Brown, a quien se debe una teoría sobre las catástrofes
recurrentes (cataclismos de la Tierra) interpreta algunos de estos cataclismos del
pasado como consecuencia de la separación de los polos magnéticos de los polos
axiales, lo que produce un giro de la Tierra alrededor de su eje hasta que vuelve a
realinear sus ejes y rotaciones. Este mismo científico asegura que la Tierra ha
estado girando alrededor de su actual eje durante siete mil años, lo que ha hecho
aumentar la capa de hielo meridional a su peso actual de 19 cuatrillones de
toneladas. Esta teoría presenta dos facetas: o bien el hielo se hizo más pesado y
desequilibró eventualmente el eje de la Tierra, o bien la inundó haciendo un
centenar de metros más alto el actual nivel de las aguas, e invadiendo las tierras
bajas del mundo actual.
Esta teoría del profesor Brown sobre un mundo carenado encaja con una
leyenda de los indios hopis relativa al fin de unos mundos existentes anteriormente.
Sotuknung, la primera creación y Legado del Creador, destruyó el Segundo Mundo
ordenando a dos gigantes gemelos que abandonaran sus puestos en el polo Sur y
en el polo Norte, donde se hallaban situados, para mantener a la Tierra girando.
Cuando estos dos gigantes abandonaron sus puestos, el mundo perdió su equilibrio,
dio una vuelta y giró dos veces sobre su eje. El doctor Frank Waters nos lo relata
de la siguiente manera en su obra Book of the Hopi:
«Las montañas se hundieron en él mar, y las aguas de los lagos y de los mares
invadieron la tierra; y a medida que el mundo empezó a girar por el espacio sin
vida, se congeló y se convirtió en sólido hielo. Este fue el final del Segundo
Mundo..., todos los elementos de que se componía se helaron y se convirtieron en
hielo..., todo quedó sin vida excepto para aquellos que vivían en su mundo
subterráneo...»
La memoria de los períodos glaciares, conservada en el recuerdo de tantas
tribus, sugiere que estaban en cierto aspecto relacionadas con (o eran la causa de)
catástrofes periódicas acaecidas en la Tierra. Según la opinión del doctor Hugh
Auchincloss Brown, la presente capa de hielo de la Antártida es la última de muchas
otras que existieron previamente. De ser esto cierto, el continente antártico sería
un excelente campo para la exploración e investigación arqueológica, aunque tal
proyecto es actualmente imposible, no sólo debido al grosor de los glaciares, sino
porque aún continúan creciendo. La nieve y el hielo aumentan con tanta rapidez
que unas torretas de cien metros de altura que fueron plantadas por la expedición
de Byrd, relativamente hace muy pocos años, actualmente se encuentran casi
cubiertas.
Sin embargo, aunque generalmente se admite que tres o más capas de hielo se
han producido dentro de un período de un millón de años, que finalizó hace 11.500
años, la causa aún sigue constituyendo un misterio y sólo puede explicarse
mediante teorías. El doctor J. K. Charlesworth, una autoridad en glaciología de la
Universidad Queen de Belfast (Irlanda) sostiene lo siguiente sobre el origen de las
edades del hielo: «...La causa de todos estos cambios, uno de los mayores
misterios en la historia de la geología, aún se desconoce..., es algo que escapa a
nuestras posibilidades...»
El doctor Charles Hapgood, apoyándose en la teoría de que los polos han sido
desviados muchas veces, atribuye estos cataclismos a erupciones volcánicas
producidas por la tensión y tirantez bajo la corteza terrestre. Enfocado así el
problema, las edades del hielo serían entonces el resultado de las diferentes
posiciones de los polos, provocadas por el deslizamiento de la parte más externa de
la corteza terrestre, cuyo espesor es de cincuenta a setenta kilómetros. El
deslizamiento de la parte más externa de la corteza terrestre, causante de nuevas
posiciones de los polos, produciría, según esta teoría, largos períodos de
cataclismos volcánicos y los glaciares, siendo también uno de los motivos de tales
cambios climáticos y sísmicos. Esto explicaría, al parecer, que lugares tan dispares
y distanciados sobre la superficie de la Tierra, como África y la India, se hayan visto
afectados por el empuje glaciar, mientras que otros lugares parecidos, como
Siberia, no han sido afectados.
La clave de todo esto, según la teoría del profesor Hapgood, sería la «isostasia»,
es decir, un equilibrio de presión en la relativamente débil corteza de la Tierra, de
forma que si se concentra gran cantidad de material en un lugar de la misma, como
por ejemplo el polo, donde la capa de hielo siempre está aumentando, la débil
subcorteza aflora al debilitarse la corteza exterior bajo los efectos de la tensión
provocada, tendiendo a originar un nuevo ajuste o reacción isostasica. Aparte de
esto, la Tierra no es realmente una esfera, ya que presenta una combadura en el
ecuador y se halla ligeramente aplastada en los polos; para expresar mejor su
forma, diríamos que ésta es elipsoide triaxial, con una progresiva tendencia a un
acortamiento del radio y de la circunferencia de la Tierra en las latitudes más altas,
como consecuencia del empuje de partes de la corteza terrestre bajo la tensión;
esto da lugar, posiblemente, a la elevación de las costas, montañas e islas, así
como al hundimiento de archipiélagos e incluso continentes. Dicho con otras
palabras, los cataclismos y los terremotos que aún se producen hoy día, así como
las continuas oscilaciones o elevaciones y descensos del lecho de los océanos
podrían ser una reacción perfectamente normal de la Tierra, aunque no resulte
nada agradable para los habitantes que moran en la misma.
Una teoría sobre las causas de los cataclismos relacionada con las cargas
eléctricas y el magnetismo de la Tierra ha sido expuesta por el doctor Manson
Valentine, arqueólogo y zoólogo. En el curso de sus numerosas expediciones a
Sudamérica y Centroamérica, así como a las islas del Pacífico, estudió e investigó,
personalmente, las consecuencias de los cataclismos, como, por ejemplo, las
prolongadas inundaciones de las cavernas, el hundimiento y la elevación de las
costas y de las montañas. El doctor Manson Valentine logró identificar artefactos
humanos entre las numerosas conchas marinas, en los lechos de arena y entre la
flora del mar, tales como tejidos hilados de algodón, redes y objetos de alfarería,
los cuales logró descubrir en bancos situados a cientos de metros por encima del
nivel del mar en Paracas (Perú). También logró descubrir unas marcas indicadoras
del lugar que habían alcanzado las aguas del océano, así como restos marinos en
Ancón (Perú). Este científico consiguió demostrar la existencia de numerosas islas
que habían sido elevadas a más altura que el actual nivel del mar en Sudamérica,
Groenlandia y California septentrional.
La teoría del doctor Manson Valentine sobre la influencia magnética en los
cambios cataclismáticos no se ha publicado todavía, por lo que la exponemos a
continuación:
Existe una teoría sobre las posibles causas de las catástrofes acaecidas en
nuestro planeta que aparentemente no ha merecido la debida consideración. Esta
teoría no está relacionada con colisiones mecánicas o astronómicas, con cuerpos
extraños o cualquier tipo de materia; sino más bien con los periódicos ajustes en la
polaridad de la Tierra, que afectan a su rotación o a la órbita solar o a ambos.
Las anomalías en el cuerpo magnético de nuestro Sistema Solar, ya sean
cíclicas o esporádicas, crearían ciertamente fenómenos precataclismáticos en la
Tierra. La carga que precede a tal fenómeno cósmico podría verse reflejada
probablemente en una discrepancia todavía más grande entre las posiciones
geográficas de la Tierra en rotación y en sus polos magnéticos. A medida que
aumenta el espacio, las tensiones magnéticas podrían también aumentar hasta el
extremo en que los rápidos reajustes compensatorios polares se sucederían. Estos
desvíos producirían sin duda alguna cambios catastróficos en la corteja terrestre.
Los cuatro períodos glaciales que se presentaron durante intervalos uniformemente
decrecientes en el Pleistoceno podrían indicar una especie de periodicidad en tales
violentas catástrofes.
La electricidad, un fenómeno familiar y de suprema importancia para todos
nosotros, es considerada por el doctor Valentine como un factor de gran influencia
tanto en el pasado como en el futuro de la Tierra. Este científico sugiere que el
deslizamiento o inversión de los polos puede ser debido a tensiones magnéticas
creadas dentro de un gigantesco generador: la misma Tierra.
Al considerar algunos aparentes e inexplicables fenómenos electromagnéticos,
el doctor Valentine hace hincapié en que el último hito discernible de la superficie
de nuestro planeta, que los astronautas del Apolo XII fueron capaces de identificar,
fue la extraña «agua blanca» de los bancos de las Bahamas.
«...Las amplias ringleras de este material altamente refractario han sido
consideradas como surcos producidos en el fondo gredoso del mar por peces,
corrientes marinas, etc., pero esto no puede explicar su prolongada persistencia, su
luminosidad o el hecho de que se encuentran rodeadas por una especie de halo
producido por un fenómeno eléctrico o un campo magnético...»
Las anomalías electromagnéticas presentes en dicha zona podrían explicar,
según el doctor Valentine, los extraños sucesos que se han producido dentro del
Triángulo de las Bermudas, una zona de forma triangular que se extiende
aproximadamente entre Puerto Rico, las Bahamas y las Bermudas, y que abarca un
tercio del área occidental del mar de los Sargazos. En efecto, en el curso de los
años en este mar han desaparecido cientos de barcos y aviones, desde el navío
norteamericano Cyclops con una tripulación de trescientos hombres, en 1918, hasta
el reciente incidente acaecido el 5 de diciembre de 1945 cuando una escuadrilla
completa de cinco aviones norteamericanos transmitió por radio que se
encontraban con dificultades en la brújula y los mecanismos de dirección. Pues
bien, todos estos aviones desaparecieron junto con una nave que había sido
enviada para prestarles ayuda. El doctor Valentine dice lo siguiente sobre las
posibles desviaciones electromagnéticas:
«...Las brújulas giraban como locas en ciertos momentos y en determinados
lugares. Yo mismo he podido comprobar este extraño fenómeno cerca de una
restinga del Mosela, un lugar de aguas muy profundas. Algunas veces, el mal
funcionamiento de las brújulas magnéticas y giroscópicas hace presagiar este
asombroso fenómeno, cuando un barco, hallándose en plena mar calma, y sin
niebla ni ningún otro fenómeno meteorológico, pierde de vista el horizonte, el sol u
otro navío que le acompaña. En algunas ocasiones incluso han desaparecido
aviones de gran tamaño... Inútil que estos desgraciados accidentes no pueden
dejar de estar relacionados con un estado de relativa inestabilidad magnética
centrada en dichas islas. De ser cierto, como así lo parece, tendremos que admitir
que la actividad sísmica, relacionada con el intrincado sistema de fallos en las
Bahamas...»
Cualquiera que haya sido en el pasado la causa de violentas modificaciones del
clima de la Tierra, de su superficie y de sus habitantes, actualmente nos
encontramos en un momento crucial de nuestro desarrollo, no por primera vez en
la historia del hombre, que dispone de los medios necesarios para modificar, para
bien o para mal, su medio ambiente. Existen numerosas referencias en las leyendas
antiguas sobre la destrucción de la humanidad; no sólo a causa de que los hombres
incurrieron en la ira de los dioses, sino también por haber desarrollado unos
poderes que irritaron a los mismos.
Algunas de estas leyendas se ven reflejadas en las obras de Edgard Cayce, en
las que se habla de una ciencia avanzada que se desarrolló a lo largo de diferentes,
aunque no menos destructivos, períodos de tiempo. Una referencia de este autor
sobre unos poderes extraños y destructivos, a los que él denomina «cristales», son
mencionados en algunas leyendas antiguas de las que es dudoso que Cayce oyese
hablar, mientras que, en trance, describió los cristales y su situación muy
minuciosamente.
Desde el punto de vista estrictamente científico, es natural que no se quiera
aceptar estas leyendas, estas inexplicables evidencias de un conocimiento antiguo,
estos históricos anacronismos, los extraños artefactos y ruinas existentes, las
coincidencias entre lenguas que no tienen nada en común, las pasadas catástrofes
geológicas, la destrucción a escala mundial de la vida animal, la remota antigüedad
del hombre y, finalmente la memoria racial y la percepción extrasensorial, la
existencia de la Atlántida y la de otras tierras hundidas bajo los océanos. El
problema no consiste únicamente en saber interpretar los libros antiguos, sino
también en el hecho de que muchos científicos consideran la historia del hombre
bajo una forma preestablecida, ordenada, ajustada a ciertos moldes; y esto nunca
ha sido así.
A medida que ahondamos más en el pasado del mundo, encontramos cosas que
nunca habríamos sospechado. Por ello, ahora que disponemos de modernos
aparatos electrónicos, es muy posible que descubramos cosas sorprendentes,
muchas de las cuales no estarán de acuerdo con nuestra lógica manera de pensar y
de admitir los hechos. Algunos de estos descubrimientos pueden ser considerados
ya como evidentes, pero aún no han podido ser reconocidos.
En el caso de la Atlántida —utilizando esta palabra para una o más culturas
avanzadas anteriores a la nuestra—, si una espléndida ciudad hundida fuese
localizada en el fondo del océano Atlántico, o bien si un maremoto la elevase hasta
la superficie del mar, probablemente el clásico escepticismo de los científicos les
obligaría a no aceptarla como la Atlántida, sino que la calificarían, como sugiere
Charles Roland, como un cargamento de materiales de construcción griego hundido
hacía años en el océano.
En cualquier caso, los cada día más numerosos descubrimientos submarinos, la
posibilidad de localizar nuevos manuscritos, reexaminando los ya existentes y
descifrando su misterioso contenido, así como las nuevas técnicas para establecer
la antigüedad de los objetos descubiertos, aportarán más aclaraciones sobre la
Prehistoria.
La exploración bajo las capas de hielo y en el fondo del mar seguramente
permitirá descubrir nuevos artefactos que nos aclaren muchas cosas extrañas sobre
la Prehistoria. Dado que las expediciones arqueológicas son muy costosas y difíciles
de organizar cuando se trata de explorar una superficie tan extensa como el fondo
de los océanos así como sus profundidades, la única esperanza que nos queda es
que en un futuro próximo se localicen nuevos descubrimientos gracias a la
intervención fortuita de los submarinistas o bien en la búsqueda de petróleo a
grandes profundidades. En la cordillera submarina del centro del Atlántico han sido
localizados montículos de sal, indicativos de la presencia de gas natural y petróleo,
así como de la presencia de tierra en otra época sobre la superficie de las aguas. A
este respecto también debemos añadir que la localización de petróleo podría
producir una probable y quizá acumulativa descongelación de la capa de hielo polar
en el caso de que un superpetrolero de 450.000 toneladas se hundiese, con su
cargamento de petróleo, en la zona polar. Se ha calculado que el derretimiento
resultante haría que las costas del mundo entero volviesen a quedar bajo las aguas,
como sucedió hace unos diez mil años, durante el derretimiento de la última
glaciación, debido a un fenómeno cataclísmico.
Se podría argumentar, desde luego, que nuestra cultura actual se encuentra en
peligro de extinción debido a los peligros provocados por el hombre y a las
actividades llevadas a cabo sin tener en cuenta su supervivencia, mientras que la
desaparición de las culturas antiguas fue debida a cataclismos naturales. Pero
incluso esta suposición, a la luz de ciertos manuscritos y evidencias del pasado,
dejan puerta abierta a un enorme interrogante.

Charles Berlitz

MISTERIOS DE LOS MUNDOS OLVIDADOS

http://saikumisterios.blogspot.com.ar/

SAIKU


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