MISTERIOS DE LOS MUNDOS OLVIDADOS






Existe un cierto parecido arquitectónico entre los círculos de enormes piedras
descubiertos en Stonehenge y las construcciones megalíticas halladas en
Tiahuanaco y en otras ruinas arqueológicas de Sudamérica. En efecto, en ambos
casos puede apreciarse un sistema muy parecido de espigas de piedra y de
ensambladuras. Pero este paralelismo no se limita solamente a los detalles
meramente arquitectónicos sino, además, al fin con que fueron levantados: estas
construcciones eran realmente unos gigantescos «relojes» astronómicos para
calcular las estaciones del año, aunque podían tener otros fines que aún no han
sido descubiertos por los arqueólogos.
Existen otras pruebas, descubiertas in situ en objetos de joyería y distintas
clases de armas, que demuestran que los representantes de una raza mucho más
avanzada pudieron haber contribuido a las construcciones megalíticas de
Stonehenge y de otros lugares. Contribución que bien pudiera haberse extendido a
establecer aquellas mediciones según las cuales el Sol se elevaría sobre la aguja de
piedra, marcando el eje principal de Stonehenge al comenzar el verano, es decir, el
21 de junio. Dado que la posición del sol y de la Tierra ha cambiado ligeramente
desde la época en que Stonehenge fue construido, se ha calculado que el sol pasó
exactamente sobre la aguja de piedra de Stonehenge en el año 2000 a. C. Una
ligera diferencia similar en cuanto a la posición del sol durante el equinoccio ha sido
observada en el santuario pre-inca de Machu Picchu, en los Andes, aún llamado
intihuatana, es decir, «puesto de enganche del Sol».



También se puede citar como ejemplo el enorme calendario zodiacal en piedra
de Glastonbury (un círculo de 48 kilómetros de circunferencia cerca de Stonehenge)
que sólo puede ser observado desde el aire. No se ha podido calcular su edad, pero
la de unos poblados existentes en aquella época en sus cercanías se ha estimado,
utilizando la técnica del carbono 14, en 20.000 años. Otra enorme pictografía
prehistórica de incierta edad o finalidad se encuentra en la ladera de una colina en
Dorset (Gran Bretaña), muy parecida al Candelabro de los Andes del Perú.
El gran templo de Avebury, en Wiltshire, se supone que fue más grande que
Stonehenge. Se hallaba rodeado por 650 enormes rocas formando un gran círculo,
pero a lo largo de los años estas rocas fueron arrancadas para utilizarlas en otras
construcciones quedando solamente veinte en la actualidad.
En la amplia llanura de Carnac, en Bretaña (Francia), se encuentran cientos de
piedras erectas dispuestas en líneas perfectamente rectas. Podían haber sido un
calendario, un sistema aritmético para contar, conmemoración de grandes hazañas
de los jefes de tribu o estar relacionadas con algo que desconocemos, incluso con la
astrología. Pero el aspecto de estas rocas, al igual que las de Stonehenge, sugiere
que en tiempos prehistóricos existía en Europa occidental un sistema de
construcción perfectamente organizado.
En Baalbek (Líbano), cerca de la plataforma sobre la que está levantado el
templo de Júpiter, existen varias piedras ciclópeas cuyo tallado y transporte son
casi imposibles de explicar. Al lado de esta plataforma se encuentran tres enormes
piedras de 1.000 toneladas de peso, mucho más grandes y pesadas que todas las
descubiertas hasta ahora en construcciones prehistóricas. Con todo, existe otra
mucho más pesada (2.000 toneladas), pero hay que tener en cuenta que, si bien
fue tallada, jamás se transportó.
El inmenso e ilógico tamaño de estas rocas nos recuerdan aquellas de los
fuertes pre-incas en Sacsahuaman, Cuzco, y en otros sitios. Los pre-incas parecían
utilizar todo lo que hallaban a mano, sin preocuparse por el tamaño. Por lo tanto, y
de igual modo, a menos que los antiguos constructores del templo de Baalbek
dispusieran de algún sistema de transporte y colocación de bloques, ¿no habría sido
más lógico cortar dichas piedras ciclópeas y luego colocarlas en su sitio? Los
obeliscos egipcios, tan pesados, constituían al menos una pieza arquitectónica
conmemorativa, pero estos bloques, encajados con otros de un tamaño más
normal, eran simplemente los cimientos del templo.
Mucho antes de que el Partenón fuese construido en la Acrópolis de Atenas, ya
existían allí estructuras ciclópeas, de remota antigüedad. La palabra «ciclópea»
deriva de Cíclope, el gigante al que dejó ciego Ulises y sus hombres durante uno de
los muchos desastres ocurridos a su regreso de la guerra de Troya. Los griegos, al
comprobar la existencia de ciertas estructuras megalíticas en sus tierras y en
muchas otras islas y costas del Mediterráneo, pensaron que no podían haber sido
hechas por los hombres, sino por gigantes.
Estas estructuras megalíticas se encuentran en numerosos lugares del
Mediterráneo: Grecia, Creta, Cerdeña, Asia Menor, Pantelleria, Malta, sur de
España, islas Baleares, en las antiguas ruinas de Egipto y en el fondo del mar Egeo
a la altura de las islas de Milo y Tera.
Por una curiosa e interesante coincidencia, la mayoría de estas ruinas ciclópeas
se encuentran cerca del mar. El culto a las grandes piedras se extendió a
Inglaterra, a las costas de Francia y Portugal y sobre todo a Irlanda, donde el
origen de las fortalezas megalíticas de Aran es atribuido a los gigantes o a un
misterioso pueblo del mar llegado a aquellas tierras en época muy remota. Lejos de
Irlanda, en Rhodesia, se encuentran las misteriosas ruinas de Zimbabwe,
consideradas por algunos arqueólogos como los restos de un antiguo palacio,
templo o fortaleza, aunque también hay quien sostiene que fueron las famosas
minas del rey Salomón. Esta extraña construcción está hecha a base de piedras
talladas, lo que resulta un hecho insólito, pues en este lugar nunca se necesitó y es
lógico que nunca fueran utilizadas. Pero una comparación de las murallas de
Zimbabwe con las de los misteriosos fuertes atlánticos de Irlanda sugiere que, al
igual que otras estructuras megalíticas descubiertas en otros lugares del mundo,
sobre todo en islas y costas, fueron construidas (o proyectadas) por los mismos
individuos.                                 
En Sudamérica y en los océanos Atlántico y Pacífico se han descubierto unos
monumentos ciclópeos que constituyen unas construcciones verdaderamente
sorprendentes. También en el centro de los Estados Unidos se encuentran vestigios
arqueológicos prehistóricos, donde miles de montículos piramidales, tallados en
forma de animales y reptiles (uno de ellos en forma de elefante), han
proporcionado, durante siglos, un interesante campo de investigación.
Desgraciadamente, muchos de ellos han sido destruidos por los primeros
pobladores o bien por los bulldozers. La mayoría de los arqueólogos sostienen que
fueron construidos por una civilización perdida o simplemente por los antepasados
de los indios americanos, quienes, víctimas de una curiosa regresión, se
«olvidaron» de ellos. En cualquier caso, estos montículos o pirámides americanos
encajan dentro de una línea de gigantescos montículos que se extienden por todo el
mundo (llamada el «cinturón piramidal») a lo largo de Egipto, Mesopotamia, Europa
occidental, América, zona oriental de la India, Asia central, China, Indonesia y otras
islas del sur del Pacífico.
Resulta una difícil conjetura establecer si estos enormes montículos artificiales
fueron inspirados en una civilización común (como la de Sumeria, Egipto o incluso
otra mucho más antigua ya desaparecida), si se trata simplemente del deseo de
construir una tumba que perdurase siempre, o bien de templos «situados en
lugares elevados» vinculados con la astronomía o la adoración del Sol.
Recientes descubrimientos arqueológicos en los Estados Unidos podrían indicar
la presencia de una cultura megalítica distinta a la civilización de aquellos indios
constructores de montículos artificiales y a aquella otra del sudoeste
norteamericano caracterizada por edificios de adobe en elevados riscos. Estos
descubrimientos megalíticos en lugares tan insospechados como New England, New
Hampshire y otros estados atlánticos norteamericanos han sido ignorados durante
siglos, ya que fueron utilizados como cimientos o incorporados a nuevas
construcciones. Y es que los primeros pobladores de estos lugares, más interesados
en su propio acomodo y supervivencia, no se preocuparon por el origen
arqueológico de estas estructuras, limitándose simplemente a hacer uso de ellas.
Los Estados Unidos, durante mucho tiempo considerados como una especie de
parvenú entre las demás naciones desde el punto de vista arqueológico, pueden
reservarnos ciertas sorpresas en cuanto al estudio de la Prehistoria. Dado que
nunca se han encontrado huellas de una cultura indígenas en el este de los Estados
Unidos, ni siquiera a lo largo de la costa, como ocurre con otras regiones, los
arqueólogos aceptaron esto como una tesis irrefutable de que nunca existió una
civilización prehistórica en dicha zona.
Sin embargo, a la altura de la costa de los Estados Unidos, conservadas en el
gran depósito del mundo —el océano—, unos submarinistas han descubierto y
fotografiado lo que parece ser estructuras megalíticas y rocas ciclópeas. En prensa
ya este libro, estos insospechados descubrimientos están siendo examinados
minuciosamente por los arqueólogos, y no sería de extrañar que el resultado de sus
investigaciones alterase el concepto que tenemos actualmente de las tierras
hundidas, la edad del hombre civilizado americano y las primeras rutas de
comunicación entre América y otras partes del mundo.

MISTERIOS DE LOS MUNDOS OLVIDADOS
Charles Berlitz



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