TIERRAS DE MAGIA Y MISTERIO.

Las rosas silvestres, que se levantan del suelo casi
dos metros, y los heliotropos florecen allá, lirios del tamaño de un ánfora embalsaman la atmósfera; búfalos antediluvianos, juzgando por su talla, pasean libremente, y moran en la comarca los brobdingnags y los liliputienses de Gulliver. Cada valle…

Esa vez, o más exactamente, ese día, los ingleses ni siquiera lograron ir más allá de la catarata. De buen o mal grado, debieron regresar a la aldea, que habían abandonado por la mañana, luego de pernoctar en ella. Los ingleses temieron extraviarse sin guías o sin chicaris, y por esa razón cedieron. Pero, en su fuero interno, juraron obligar a los chicaris a ir más lejos la próxima vez. De regreso a la aldea, para pasar la segunda noche, convocaron a casi todos los habitantes y celebraron consejo con los ancianos. Lo que escucharon no hizo màs que aumentar su curiosidad…

Se cuenta… ¿Qué es lo que no se dice sobre este particular? Helo aquí: aquende las  “nubes lluviosas” las montañas son inhabitables, ello, naturalmente, en lo que concierne a los simples mortales visibles para todo el mundo. Pero allende las “iracundas aguas” de la cascada, es decir en las alturas de las cimas sagradas del Toddabet, del Mukkartebet y del Rongasuami, vive una tribu no terrestre, tribu de hechiceros y de semidioses

Allá reina la eterna primavera, no hay lluvia, ni sequía, ni calor, ni frío. No sólo los magos de ese pueblo primitivo no se casan nunca, sino que no mueren y no nacen jamás:
sus hijos caen ya hechos de los cielos y “crecen hacia arriba” según la característica expresión de Topsy en “La cabaña del Tío Tom”. Ningún mortal logró aún llegar a esas cumbres; nadie lo logrará salvo, quizá, después de la muerte. “Entonces tendrá lugar en los límites de lo posible, pues, así como lo saben los brahmanes –¿y quién podría estar mejor enterado de ello?– los habitantes del cielo de las Montañas Azules, por respeto al Dios Brahma, le cedieron parte de la montaña que está debajo del Svarga (paraíso)”.
Es de suponer, pues, que en aquella época, ese entresuelo estaba todavía en
reparaciones…
Tal es la tradición oral que aun se conserva escrita en La recopilación de leyendas y tradiciones locales, vertidas al inglés del idioma tamil, por misioneros. Recomiendo al lector la edición de 1807.

Y esta vez los ingleses
dejaron oír el trueno de la siguiente declaración: dentro de tres días iban a llegar
soldados de la guarnición y otros agrimensores, y ese destacamento emprendería la
ascensión de las cimas sagradas de las Montañas Azules.
Luego de oír esa terrible nueva, varios labradores se condenaron a la dcharna (muerte por el hambre), ante la puerta del saab, con la intención de proseguir esta huelga hasta el día en que los ingleses, más comprensivos, prometieran renunciar a su propósito. Los munsifs, habiendo desgarrado sus vestidos, gesto que no les cuesta muchos esfuerzos, rasuraron la cabeza de sus mujeres, y las obligaron, en señal de desdicha social y de duelo general, a arañarse el rostro hasta la sangre. Naturalmente, no debía alcanzar sino a las mujeres. Los brahmanes leían conjuros y mantras en alta voz, enviaban mentalmente a los ingleses, con sus intenciones blasfematorias, al Narak, a todos los diablos. Durante tres días, Metopolam retumbó con los gritos y lamentos; en vano: ¡a lo
hecho, pecho! Luego de haber equipado un grupo de valientes elegidos entre los miembros de la “Company”, los nuevos Cristóbal Colón resolvieron ponerse en camino sin guía alguno. El poblado quedó vacío como después de un terremoto; los indígenas huyeron aterrorizados, y no les quedó otro remedio a los agrimensores que encabezaban el destacamento que buscar ellos mismos el camino de la cascada. Se extraviaron y regresaron. Empero, los exploradores no se inmutaron. Pudieron apoderarse de dos malabarenses enflaquecidos y declararon que estaban prisioneros:
“Condúzcanos y les daremos oro; niéguense, e irán a pesar de todo, pues los
arrastraremos por la fuerza. Luego, en vez de oro, tendrán la cárcel”. En aquellos benditos días en que reinaban los bondadosos “padres” de la “Company” la palabra “cárcel” en Madras y en otras presidencias era sinónimo de tortura…

Los ingleses treparon más alto, lejos de la frontera de las nubes. Y entonces se
encontraron con una enorme boa constrictor. Uno de ellos, en la semi oscuridad, cayó bruscamente sobre un objeto blando y viscoso. Ese “objeto” movió, se irguió con mucho ruido de hojas aplastadas y se mostró tal como era en realidad, un interlocutor bastante desagradable. La boa se enrolló, a guisa de saludo, en torno de uno de los supersticiosos irlandeses, y antes de recibir algunas balas en las fauces abiertas de par en par, pudo apretar a Patrick en su frío abrazo con tanta fuerza que el desdichado murió al cabo de algunos minutos. Luego de haber matado ese monstruo, no sin dificultades, y habiendo
medido la piel del animal, se vio que la serpiente tenía una longitud de veintiséis pies…

Luego de haber perdido dos peones negros y un hombre blanco, los ingleses
prosiguieron trepando y encontraron una manada de elefantes que luchaban los unos contra los otros en una batalla de buena ley. Felizmente, los animales 'no se dieron cuenta de la llegada de los extranjeros, por eso no los molestaron. En desquite, su aparición produjo el inmediato desbande del destacamento espantado. Cuando el grupo británico quiso reunirse otra vez, no se encontró más que en pequeños grupos de dos o tres hombres. Vagaron así toda la noche en el bosque; siete soldados regresaron…

Al quedarse solos, Kindersley y Whish vagaron por las vertientes de la montaña
durante varios días: subiendo hasta las cumbres o bajando otra vez hacia los
desfiladeros. Tuvieron que alimentarse con hongos y bayas que encontraron en
profusión. Cada noche, los rugidos de los tigres y los bramidos de los elefantes les obligaban a buscar refugio en altos árboles y a pasar la noche desvelados, turnándose en la guardia y esperando la muerte de un momento a otro. Las devas y otros habitantes misteriosos, guardianes de las cavernas “encantadas”, se manifestaron así desde el comienzo. Los desafortunados exploradores…

Finalmente, en el noveno día de su viaje y después de perder toda esperanza de encontrar en esas montañas otra cosa que la muerte, resolvieron intentar otra vez el descenso, siguiendo un camino recto y evitando, en la medida de lo posible, cualquier atajo que los alejase de la vía recta. Por esa razón, querían ante todo llegar a la cumbre que tenían ante ellos con el fin de examinar las inmediaciones y reconocer mejor el camino que habrían de seguir…

Era la célebre “colina de los sepulcros”, conocida hoy en toda la comarca de
Uttakamand; se los llama cairns en la región. Este nombre druidico conviene mejor al carácter de esos monumentos que pertenecen a una antigüedad desconocida, pero muy remota, y que los agrimensores tomaron por rocas. Numerosas elevaciones de la cadena del Nilguiri están también tachonadas de semejantes tumbas. Es en vano discutir sobre ese particular: su origen y su historia se pierden en una bruma tan impenetrable como la de los pueblos que moran en las misteriosas montañas. Sin embargo y mientras nuestros héroes descansaban, hablaremos de esos monumentos: el relato será breve:

Cuando, veinte años después de esos sucesos, se realizaron las primeras excavaciones, los europeos encontraron en cada sepultura una gran cantidad de utensilios de hierro, bronce y barro, estatuillas de forma extraordinaria y adornos metálicos, obras toscas.
Esas estatuillas –evidentemente ídolos–, esos adornos, esos instrumentos no
recordaban en absoluto los objetos análogos empleados en otros lugares de la India y en otras naciones. Las obras de arcilla tienen un aspecto particularmente bello; al parecer se veía en ellos los prototipos de los reptiles (descritos por Bérose) que reptaban por el caos en tiempo de la creación del mundo. En lo que concierne a las tumbas mismas, en cuanto a lo que se conoce de la época en que fueron construidas, de los obreros que las hicieron y de la raza cuyo último refugio fueron en la tierra, nada se puede decir, imposible suponer nada, pues todas las hipótesis son inmediatamente
destruidas por tal o cual argumento irrefutable. ¿Qué significan esas extrañas formas geométricas, hechas con piedra, hueso o arcilla, qué quieren decir esos dodecaedros, esos triángulos, esos pentágonos, exágonos y octógonos muy regulares y, finalmente, esas imágenes de barro, con cabeza de carnero o de asno y cuerpo de pájaros? Los sepulcros, es decir los muros que rodean las tumbas, tienen siempre una forma ovalada y su altura varía entre un metro y medio y dos metros, construidos con enormes piedras no talladas y sin cemento alguno. El muro siempre rodea una tumba, cuya profundidad
es de cuatro a seis metros, cubierta por una bóveda bastante bien dibujada y construida en panteón con piedras pulidas, aunque es difícil distinguir esos panteones, pues los siglos los han cubierto de tierra y guijarros. La forma de los sarcófagos, semejante exteriormente a la de los sepulcros muy antiguos en otras partes del mundo, no nos revela empero cosa alguna que pueda aclararnos su origen. Monumentos semejantes se encuentran en Bretaña, en otras regiones de Francia, en el país de Gales y en Inglaterra, así como en las montañas del Cáucaso…Ninguna inscripción tampoco,aunque se exhumaron planchas de piedra mostrando vagas huellas, en las esquinas, que
recordaban los jeroglíficos de los obeliscos de Palenque y de otras ruinas mejicanas…
Entre las cinco tribus de las montañas del Nilguiri, y los seres pertenecientes a cinco razas16 por entero diferentes las unas de las otras, nadie pudo dar la menor información respecto de esos sepulcros que todo el mundo desconocía. Los toddes –la tribu más antigua de las cinco– tampoco saben nada a este respecto. “Esos sarcófagos no son nuestros, y no podemos decir a quienes pertenecen. Nuestros padres y nuestras primeras generaciones los hallaron aquí, nadie los construyó en nuestra época”…

Reina en esta cumbre una eterna primavera. Las heladas noches de diciembre y enero no pueden expulsarla pasado mediodía. Allí todo es frescor, todo reverdece, todo florece, exhalando perfumes a todo el largo del año. Y las “Montañas Azules” aparecen en esa cumbre con todo el encanto de un adolescente que hasta sonríe a través de sus lágrimas, y aún más bello…
A aquel que sube de las hondonadas terrestres a las “Montañas Azules”, todo le parece extraordinario, extraño, salvaje. Allá, el cooli enflaquecido, de color de alajú, se transforma en un todde de elevada talla, de pálido rostro que, tal como una aparición del antiguo mundo griego o romano, con el perfil altanero, majestuosamente arropado en una toga de blanco lino que nadie lleva en otros lugares de la India, contempla al hindú con el condescendiente desafío de un toro que mira pensativamente un sapo–negro…

La hora de dicha reconciliación sonó finalmente para nuestros desdichados héroes. Quebrantados, sin fuerzas, apenas podían sostenerse sobre sus pies. Kindersley, más fuerte, había sufrido menos que Whish. Luego de descansar un poco, dio la vuelta a la cima: quería ver, a través del caos de bosques y de peñas, el camino más fácil para descender, cuando creyó divisar humo no lejos de donde estaba. Kindersley se apresuró en regresar junto a su amigo para anunciarle esta buena nueva, cuando de pronto se detuvo, estupefacto… Ante él estaba Whish, de pie, medio vuelto de espaldas, pálidocomo un muerto y temblando de fiebre. Con el brazo extendido, Whish señalaba con
ademán convulsivo un lugar muy cercano.
Siguiendo la dirección de su dedo, Kindersley vio, a algunos centenares de pies, ante todo una casa, luego hombres. Esta vista que los hubiera alegrado en otro momento, provocó en ellos –no hubieran podido decir por qué– indecible terror. La casa era extraña, de una forma que desconocía por completo. No tenía ni ventana, ni puerta; redonda como una torre, la remataba un tejado piramidal aunque terminaba en forma de bóveda. En cuanto a los seres humanos, los dos ingleses vacilaron al principio en considerarlos hombres. Ambos se echaron instintivamente tras un matorral cuyas ramas
apartaron y miraron con ojos desorbitados a las extrañas siluetas que se movían ante ellos.
Kindersley habla de una “partida de gigantes rodeada por varios grupos de enanos horriblemente feos”. Olvidando su anterior temeridad y la forma en que se burlaban de los chicaris, los ingleses estaban prontos a considerarlos como genios y gnomos de esas montañas. Pero no tardaron en saber que veían allí a los grandes toddes, a los haddagues, sus vasallos y adoradores, y a los pequeños servidores de esos vasallos, los salvajes más feos del mundo: los mulu–kurumbes.
Los ingleses no tenían más cartuchos, habían perdido uno de sus fusiles y se sentían demasiado débiles como para resistir hasta un ataque de los enanos. Se prepararon, pues, para huir de la colina dejándose deslizar por el suelo, como pelotas, cuando de pronto advirtieron otro enemigo que los sorprendía por el flanco. Monos, que se habían deslizado hasta los ingleses, sentados un poco más alto que ellos, encima de un árbol, abrieron fuego con un proyectil bastante desagradable: barro. Sus parloteos, sus gritos de guerra no tardaron en llamar la atención de un rebaño de enormes búfalos que pastaban en las cercanías. Estos animales empezaron a mugir a su vez levantando la cabeza hacia la cumbre de la colina. Finalmente, los toddes mismos debieron percibir a
nuestros héroes, pues al cabo de algunos minutos aparecieron repugnantes enanos y se apoderaron sin resistencia alguna de los dos ingleses medio muertos. Kindersley, como él mismo escribe, “se desvaneció a causa del hedor que exhalaban esos monstruosos salvajes”. Para sorpresa de los dos amigos, los enanos no los comieron, ni siquiera les hicieron mal alguno. “Se pasaban el tiempo saltando y bailando delante de nosotros, y reían a mandíbula batiente” dice Kindersley. “¡Los gigantes, es decir los toddes, se comportaron del todo como gentlemen (sic)!” Luego de satisfacer su curiosidad, evidentemente natural, en presencia, como lo supimos más tarde, de los primeros
hombres blancos que hubiesen visto, los toddes les hicieron beber una excelente leche de búfalo, les sirvieron queso y hongos, luego los acostaron en la casa piramidal donde “estaba oscuro, pero el aire era seco y caliente, y donde durmieron con sueño de plomo hasta el día siguiente”.
Los ingleses se enteraron luego que los toddes habían pasado toda la noche en un consejo solemne. Algunos años después, los toddes contaron a mister Sullivan lo que habían experimentado en esas memorables horasse había ganado su confianza y su amor, su “hermano paterno”19, palabras que expresan su veneración más grande después de la de “padre”.) Los toddes le dijeron que hacía mucho tiempo que esperaban a “los hombres que moran en las tierras del sol poniente”. Sullivan les preguntó cómo habían podido prever su llegada. Y los toddes siempre le dieron esta invariable respuesta: los bufalos nos lo dijeron hace mucho tiempo; siempre saben todo. Los ancianos, esa noche, habían decidido la suerte de los ingleses y vuelto así una nueva página de su propia historia. A la mañana siguiente, al ver que a los ingleses les costaba caminar, los toddes dieron orden a sus vasallos de fabricar angarillas para que los baddagues pudieran transportarlos. Los ingleses vieron, esa
misma mañana, que los toddes despedían a los enanos. “Después y hasta el día de nuestro regreso al Nilguiri, no los vimos más y no los encontramos en lugar alguno”, cuenta Kindersley. Como se supo luego, sobre todo después de los relatos del misionero Metz, no faltaban motivos para que los toddes temieran para sus huéspedes la presencia hostil de los mulu–kurumbes: les habían ordenado regresar a su cuevas de los bosques, prohibiéndoles formalmente mirar a los hombres blancos. Esta prohibición, extraña en verdad, la explicó el misionero por el hecho de que “la mirada del kurumbe mata al hombre que lo teme y no está acostumbrado a él. Y como la aterrorizada
repulsión de los ingleses por los enanos había sido notada por los toddes desde la llegada de los dos cazadores, los gigantes prohibieron en seguida a los kurumbes mirar a los hombres blancos.

¡Desdichados toddes, de alma grande! Quién sabe cuántas veces, después, los ancianos no se habrán arrepentido de no haber abandonado aquellos hombres al mal ojo de los mulu–kurumbes. Pues el destino del Nilguiri dependía de su regreso a Madras y de su informe. Pero, “así lo habían decidido los búfalos… ¡y ellos saben!”…¡¡¡CONTINUARÀ!!!


AL PAIS DE LAS MONTAÑAS AZULES-H.P.BLAVASTKY



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