LA HIGUERA DE MI JARDÍN


Mi esposa y yo paseamos por nuestro jardín.
Es una tarde de verano.
Venimos de la pequeña higuera que hay en uno de los ángulos del
jardín. Es tan pequeña que es fácil alcanzar desde el suelo hasta la
última de sus tiernas ramas.
Venimos de allí y he visto que no queda un solo higo maduro. Cada
día maduran ocho o diez.
Por la mañana había recogido la cosecha del día; me complace
cogerlos cada día.
Ninguno de ellos estará maduro hasta el día siguiente.
Un grupo de chiquillos corretea por la calle. Se acercan y, como me
han visto venir de la higuera, me piden higos.
Les digo que no hay maduros.
Sin embargo, ellos insisten... y el deseo de complacerles creció dentro
de mí.
Nos acercamos de nuevo a la higuera, algo aparentemente absurdo,
puesto que venía de allí y había revisado cada una de sus ramas y cada
uno de los higos.
Me sorprendió encontrar seis higos, negros, reventones, con rayas
blancas sobre su piel negra ¡maduros!...
Una niña me dice: "Para mí el más gordo, para mí el más gordo"...
-Poneos por orden de edad, el mayor de vosotros aquí, junto a la cerca.
Resulta ser la mayor del grupo la niña que me pedía el más gordo.
Reparto los higos y, justo, hay uno para cada niño: todos han tenido su
higo. Para mi esposa y para mí no quedó ninguno
Los he repartido por orden inverso a la edad: el más gordo para el más
pequeño del grupo.
"¡Qué rico está!" Dice uno de los niños mientras se chupa los dedos.
Les han sabido a gloria los higos que debían madurar al día siguiente.
Les veo moverse y jugar. Observo que una de las niñas mayores lleva
una rodilla rígida, la pierna tiesa; no puede seguir el ritmo de sus
amigos.
-¿Qué te pasa en la rodilla?
Al aproximarse veo que lleva la rodilla roja de mercromina.
Está atardeciendo.
-Me he caído y no puedo doblarla: me duele.
-¿Quieres moverla sin que te moleste?
-¿Eso es posible?
-¡Por supuesto, si tú quieres!
¿Qué tengo que hacer?
-Muy sencillo, repite lo que te diga... "¡Mi rodilla está anestesiada y
así estará hasta que se haya curado, cosa que va a suceder
rápidamente!"
La niña sale corriendo y se une al grupo de chiquillos.
-¡Si puede correr!, dice uno de ellos.
Se acercan de nuevo a la puerta de blancos barrotes y uno de ellos
exclama, al ver mi nombre en una placa que hay en la pared.
"-¡Si es el Dr. Escudero! Me recuerda de haberme visto en televisión.
-¡Oye! ¿Dónde has aprendido estas cosas?
-Las aprendo de mis pacientes.
-¿De tus pacientes?
Sí, aprendo de ellos. Yo les observo y ya ves el resultado. Mira a tu
amiguita.
-Nosotros venimos con nuestros padres al Club de Campo. Vendremos
a verte los fines de semana.
-¡Adiós!
-¡Hasta la vista!
Y salen corriendo; todos, con la niña de la rodilla roja de mercromina
en cabeza.
A la semana siguiente aquellos niños llaman a la campana de la puerta
y piden verme. Me asomo a una terraza y charlo un rato con ellos.
Pero no se marchan cuando me retiro. No sé qué hacen en la calzada.
Al atardecer bajo a dar un paseo y leo los mensajes de cariño que, con
un trozo de yeso, han escrito en el suelo... Cruzando el asfalto de la
calle puedo leer en grandes mayúsculas: “CARRETERA DEL
AMOR”. Y otras cosas que hablan de la extraordinaria, de la
maravillosa sensibilidad de los niños: "Vendremos a verte los fines de
semana"...
El caso es que se comieron, sin saberlo, los higos que debían madurar
al día siguiente.
Aquellos niños se comieron maduros, aquel día de la semana anterior,
los higos que debían madurar el día siguiente… Y no era un sueño, lo
vivimos juntos mi esposa y yo aquella tarde de fin de semana, a
finales del verano


CURAR CON EL PENSAMIENTO

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