LOS HOPIS Y LOS KATCHINAS





¿Hablamos, al hablar de la madre Tierra, de la madre patria? Las tradiciones de los hopi así lo parecen indicar, con lo cual refuerzan la opinión, entre otros, de Ernst Haeckel. Tal y como ya lo señalo en Las nubes del engaño, los indios hopi viven hoy en una reserva en el estado norteamericano de Arizona, siendo su poblado principal Oreibi, el más antiguo lugar ininterrumpidamente habitado de Norteamérica.
Josef F. Blumrich, un ingeniero de la NASA, que al frente de su Oficina de Construcción de Proyectos mereció en 1972 la medalla para Servicios Excepcionales de la citada agencia espacial, y que vive en Laguna Beach en California, no lejos de la reserva de los hopi, mantiene desde el año 1971 una agradable amistad con el anciano indio White Bear, el cual le ha venido narrando pacientemente a Blumrich los recuerdos ancestrales de su pueblo que forman parte de su actual tradición viva. El ingeniero Blumrich
dispone hoy así de casi cincuenta horas de cintas grabadas con narraciones y explicaciones adicionales. De estas narraciones nos interesa lo siguiente: De acuerdo con la tradición hopi, la historia de la Humanidad
está dividida en períodos que ellos llaman «mundos», los cuales están separados entre sí por terribles catástrofes naturales. El primer mundo sucumbió por el fuego, el segundo por el hielo y el tercero por el agua.

Actualmente vivimos en el cuarto mundo. Y en total, la humanidad deberá recorrer siete.

Volvamos a los hopi. Y a los pasajes más interesantes de su memoria tribal, que nos remite al contexto de la isla que es objeto de este libro.
No siendo comprobables históricamente los dos primeros mundos, el recuerdo ancestral de los hopi se remonta a la época del tercer mundo, cuyo nombre era Kasskara. Éste era el nombre, en realidad, de un inmenso continente situado en el actual emplazamiento del océano Pacífico. Pero Kasskara no era la única
tierra habitada. Existía también el «país del este». Y los habitantes de este país tenían el mismo origen que los de Kasskara. Los habitantes de este otro país comenzaron a expandirse y a conquistar nuevas tierras, atacando a Kasskara ante la oposición de ésta a dejarse dominar. Lo hicieron con armas potentísimas, imposibles de describir. Tan sólo los elegidos, los seleccionados para ser salvados y sobrevivir en el mundo siguiente, fueron reunidos bajo el «escudo». Los proyectiles enemigos reventaban en el aire, de modo que
los elegidos colocados bajo el escudo quedaban indemnes. Repentinamente, el «país del este» desapareció por alguna causa desconocida bajo las aguas del océano y también Kasskara comenzó a hundirse paulatinamente.
En este momento, los katchinas ayudaron a los elegidos a trasladarse a nuevas tierras. Este hecho marcó el fin del tercer mundo y el comienzo del cuarto. Es preciso aclarar que, ya desde el primer mundo, los humanos estaban en relación con los katchinas, palabra que puede traducirse libremente por «venerables sabios». Se trataba de seres visibles, de figura humana, que nunca fueron tomados por dioses, sino solamente como seres de conocimientos y potencial superiores a los del ser humano. Eran capaces de
trasladarse por el aire a velocidades enormes, y de aterrizar en cualquier lugar. Dado que se trataba de seres corpóreos, precisaban para estos desplazamientos artefactos voladores, «escudos voladores» —tal y como
los recuerdan también las crónicas romanas antiguas y las crónicas de Carlomagno, que documento en el libro Las nubes del engaño— que recibían diversos nombres. White Bear describe estos artefactos: «Si de
una calabaza cortas la parte inferior, obtendrás una corteza; lo mismo debe hacerse con la parte superior. Si luego se superponen ambas partes, se obtiene un cuerpo de forma de lenteja. Éste es básicamente el aspecto
de un escudo volador».
Hoy en día los katchinas ya no existen en la Tierra. Las danzas katchinas, tan conocidas hoy en Norteamérica, son representadas por hombres y mujeres en calidad de sustitutos de unos seres realmente existentes antaño. Los katchinas podían en ocasiones tener un aspecto extraño, siendo así que originariamente se solían confeccionar muñecas katchina para que los niños se acostumbraran a su aspecto.
Hecha esta aclaración, regresemos al cambio de territorio de los antiguos habitantes de Kasskara ya que nos acercamos con ello al área geográfica en que se centra este libro. La población, de acuerdo con el recuerdo tradicional de los hopi, llegó a la nueva tierra por tres caminos diferentes. Los seleccionados para recorrerla, inspeccionarla y prepararla, fueron llevados allí a bordo de los escudos de los katchinas. El gran resto de la población tuvo que salvar la enorme distancia a bordo de barcas. Y cuenta la tradición que este
viaje se efectuó a lo largo de un rosario de islas que, en dirección nordeste, se extendía hasta las tierras de la actual América del Sur.
La nueva tierra recibió el nombre de Tautoma, que viene a significar «la tocada por el rayo».
Tautoma fue también el nombre de la primera ciudad que erigieron, a orillas de un gran lago. De acuerdo con los conocimientos actuales, Tautoma se identificaría con Tiahuanaco, mientras que el lago corresponde al Titicaca. Un cataclismo convulsionó a la ciudad, destruyéndola, motivo por el cual la población se fue desperdigando por todo el continente. Durante un largo período los hombres se fueron repartiendo en grupos y clanes por los dos subcontinentes. Algunos de estos clanes iban en compañía de los katchinas,
quienes a menudo intervinieron para ayudarlos.
Los hopi formaban parte de aquellas tribus que emigraron en dirección norte, y recuerdan un período en el que atravesaron una calurosa selva y un período en el que se toparon con una «pared de hielo» que les impidió el avance hacia el Norte y les obligó a volver atrás.
Comentando lo sorprendentes que pueden llegar a parecer algunas de estas tradiciones, el ingeniero Josef F. Blumrich recuerda que todavía hoy en día siguen vivas a través de diversas ceremonias.
Mucho tiempo después de estas migraciones todavía había clanes que seguían conservando las antiquísimas doctrinas. Estos clanes se reunieron y construyeron una ciudad de «importancia trascendental», que recibió el nombre de «la ciudad roja», a la que se identifica con Palenque. En dicha ciudad fue establecida la escuela del aprendizaje, cuya influencia todavía hoy puede descubrirse en algunos hopi y cuyos maestros fueron los katchinas.
Tras un posterior período de numerosos enfrentamientos entre las ciudades establecidas en el Yucatán, sus habitantes abandonaron la zona y reemprendieron la gran migración. Durante aquella turbulenta época, los katchinas abandonaron la Tierra. Los pocos clanes que han seguido manteniendo vivo el antiguo saber se juntaron más tarde en Oreibi, siendo ésta la razón de la especial importancia de este lugar.
Después de haber recogido toda la información que le ha sido posible sobre los katchinas, Blumrich llega a las siguientes conclusiones sobre estos seres que, sin ser considerados en ningún momento como divinidades (circunstancia que se repite en la tradición pohnpeyana), se sitúan en el plano cósmico de
injerencia directa en el quehacer humano: tenían cuerpo físico, apariencia de hombres, pero disponían de unos conocimientos muy superiores a los de los humanos. Poseían artefactos voladores, y un escudo que rechazaba a los proyectiles enemigos a elevada altura. Eran, además, capaces de engendrar niños en las mujeres sin mediar contacto sexual (circunstancia que se repite en la tradición pohnpeyana en la repetida narración del engendramiento del conquistador de la ciudad de Nan Matol). A todo ello hay que sumar las habilidades que los humanos aprendieron de los katchinas, la más importante de las cuales fuera quizás el corte y transporte de enormes bloques de piedra (circunstancia que se repite en la tradición pohnpeyana en la figura de Olosipe y Olosaupa, dos arquitectos dotados de gran poder mágico, que transportaron enormes bloques de basalto por el aire) y, en relación con ello, la construcción de túneles y de instalaciones subterráneas (circunstancia que se repite relativamente en la tradición pohnpeyana para la zona de las islas artificiales sobre las que se asienta la ciudad de Nan Matol).
Además de lo que afirma el ingeniero de la NASA con referencia a los indios hopi, que él sí estudió en profundidad, podemos corroborar algunas de sus constataciones observando las costumbres de sus inmediatos vecinos, los indios zuñí y pueblos, que junto con los hopi forman el grupo de pueblos
agricultores de la actual Arizona. Así, por ejemplo, los zuñí, cuyos templos son cámaras ceremoniales subterráneas, conservan el culto de la serpiente emplumada como deidad celeste (circunstancia que se repite relativamente en la tradición pohnpeyana en la figura de la anguila sagrada), lo que indica el origen mexicano de ciertos elementos de su religión (dedico bastante tinta a Quetzalcóatl —Kukulkán, Gucumatz —, que fue serpiente emplumada y voladora, en el libro Las nubes del engaño). Los mismos zuñí rinden culto igualmente a los katchinas, para ellos mensajeros o intermediarios entre las deidades del cielo y el ser humano. Con lo cual se identifican prácticamente con los seres —emisarios, mensajeros— que en los textos bíblicos figuran bajo el concepto distorsionado de ángeles (remito para ello al mismo libro recién citado).
Otro dato curioso es que este grupo de indios pueblos practican el arte de la pintura en seco, de arena o de polen, frente a sus altares, para las ceremonias religiosas. El origen de este arte es desconocido, pero es practicado igualmente en el Tíbet y entre algunas tribus de Australia. Tíbet, Australia, América. En Asia central miran hacia el Este, hacia el Pacífico, al hablar de la patria original. En América hacen lo contrario, miran hacia el Oeste. O sea, igualmente hacia el Pacífico.


Con ello desembocamos en el tema del supuesto continente hundido bajo las aguas del gran mar: Mu, Lemuria.

Andreas Faber Kaiser

http://saikumisterios.blogspot.com.ar/

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