QUÉ SON LOS ZOMBIES?


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Las repetidas noticias de zombies, personas en estado
coma de trance que trabajan como esclavos en los
campos de Haití, cobran verosimilitud a la luz del relato
de una antigua víctima, Clairvius Narcisse, del
pueblo de L'Estére, publicado por el National Enquirer
en 1982.
Narcisse, que había gozado siempre de
excelente salud, se puso repentina e inexplicablemente
enfermo en 1962.
Su hermana lo llevó al hospital
Albert Schweitzer de Deschabelle:
Apenas podía respirar [decía Narcissei. Mi
corazón se iba quedando sin fuerza, el
estómago me ardía.
Después sentí que me quedaba helado. Oí
que el médico decía a mi hermana: "Lo siento,
está muerto." Quería gritar, decirle que estaba
vivo, pero era incapaz de moverme.
El médico lo examinó, le cubrió la cabeza con una
sábana y firmó el certificado de defunción. Más tarde
llegaron sus amigos para rendirle su último tributo,
y Narcisse contaba que, aunque podía verlos y oírlos,
no sentía la menor emoción. En el cementerio oyó
los lamentos de los que lo habían acompañado y el
ruido de la tierra que caía sobre su ataúd. Lo siguiente
que recuerda es que estaba de pie junto a su tumba
en un estado como de trance. Había dos hombres, que
llenaron la tumba, le ataron una cuerda alrededor de
las muñecas y lo llevaron a una granja, donde se convirtió
en esclavo y trabajaba los campos junto a otras
cien almas infortunadas.  
Según el doctor Lamarque Douyon, director del
Centro Psiquiátrico de Port-au-Prince, los llamados
zombies son personas que han sido drogadas por un
hechicero vuduista, dadas por muertas, enterradas, y
a continuación sacadas de sus tumbas y mantenidas
drogadas durante su esclavitud como trabajadores
agrícolas.
Narcisse cree que llevaba unos dos años en este estado
cuando un día, al parecer, al que los cuidaba se
le olvidó administrarles la dosis de droga que mantenía
a las víctimas en su condición sumisa. Algunos de
los zombies recuperaron sus facultades, se dieron cuenta
del estado en que se encontraban y mataron al cuidador.
Libre de los efectos de la droga, Narcisse no
tardó en recuperar su personalidad normal. No volvió
a su pueblo natal porque creía que el hermano que
vivía allí era quien había hecho que un hechicero
vuduista lo drogara. Pero cuando en enero de 1980 supo
que su hermano había muerto, decidió volver a
L'Estere.
De este modo, 18 años después de que lo creyeron
muerto y enterrado, Clairvius Narcisse volvió a entrar
en las vidas de los amigos y parientes que habían
llorado su muerte casi dos decenios antes.



Un zombie vagabundo
Que la creencia en los zombies no es únicamente cosa
de campesinos supersticiosos lo demuestra este relato,
que fue presenciado y luego atestiguado por un sacerdote
católico.
Se cuenta que un día de 1959 apareció un zombie
arrastrando los pies en una aldea de Haití y entró en
el patio de una casa particular, cuyo dueño lo detuvo.
El hombre amarró las manos del zombie y lo llevó al
puesto de policía local. El policía dio al zombie un vaso
de agua salada (para revivir su memoria), y el zombie,
con la mente ya despejada, le dijo su nombre. Descubrieron
que tenía una tía en el pueblo, a la que llamaron
para que ayudase a aclarar la situación. Tan
pronto como llegó, identificó a su sobrino y juró que
éste habla muerto cuatro años antes y que ella había
asistido al entierro.
Al ser interrogado por el sacerdote católico del pueblo,
esclavizados por un houngan local. Al oír esto, el policía,
a quien aterraba el poder de aquel hombre, ofreció
devolverle el zombie, pero dos días después el infortunado
ser fue encontrado muerto. Dando por supuesto
que el houngan había matado al zombie por
haber contado sus andanzas a las autoridades, la policía
lo detuvo por asesinato. Pero los demás zombies
no fueron rescatados: la mujer del houngan los había
reunido y huyó con ellos a las colinas.
(Man, Myth and Magic, Richard Cavendish, ed., Vol. 22, págs.
3095-96)
Los trabajadores del algodón
Durante un trabajo de campo en Haití en 1930, el antropólogo
francés Georges de Rouquet tuvo la oportunidad,
insólita para un hombre blanco, de observar
a cuatro zombies, aunque no se le permitió tocarlos.
De Rouquet, que tenía la ventaja de hablar con fluidez
el criollo e iba acompañado de un guía haitiano
muy informado, registró la experiencia en su diario:
Al anochecer encontramos a un grupo de cuatro
hombres que venían del cercano algodonal, donde
habían estado trabajando. Me impresionó verlos
caminar arrastrando los pies, en contraste con la
ligereza de otros nativos. El capataz que iba con
ellos detuvo su marcha, permitiéndome observarlos
de cerca durante unos minutos. Iban vestidos con
harapos hechos de tela de costal. Los brazos les
colgaban a los costados, y se bamboleaban de un
modo curiosamente falto de vida. Sus caras y
manos parecían desprovistas de carne, y tenían la
piel adherida a los huesos como si fuese pergamino
oscuro y arrugado. También noté que no sudaban,
aunque habían estado trabajando y el sol aún
calentaba mucho. Ni siquiera pude calcular su edad.
Lo mismo podían ser jóvenes que muy viejos. Pero
lo más llamativo eran sus ojos. Todos miraban
fijamente hacia adelante, con mirada apagada y
desenfocada como la de los ciegos. No dieron la
menor muestra de haber advertido mi presencia, ni
siquiera cuando me acerqué mucho a ellos. Para
probar sus reflejos, hice ademán de clavarle a uno
de ellos mis dedos rígidos en los ojos. No pestañeó
ni retrocedió. Pero cuando intenté tocar su mano,
el capataz me previno, diciéndome que eso no
estaba permitido.
Mi impresión inmediata fue que esas criaturas
eran débiles mentales obligados a trabajar sólo por
el sustento. Pero Baptiste me aseguró que se trataba
de zombies, es decir, personas muertas resucitadas
mediante la hechicería y utilizadas como
trabajadores sin paga.
De Rouquet vio cómo los zombies eran encerrados
en un pequeño cobertizo sin ventanas (mucho más pequeño
y de construcción más fuerte que las habituales
cabañas campesinas de techo de paja) y sugirió a
Baptiste que investigaran esa prisión. Pero el guía, que
hasta entonces había mostrado un frío despego, pareció
muy asustado e insistió en que se fuesen inmediatamente,
diciéndole a De Rouquet, que iba armado,
que un arma de fuego era a menudo una defensa inútil
en Haiti. (John Godwin, Unsolved: The World of
the Unknown, págs. 205-06, 216)
Un esclavo de doce dólares
Aunque en general las clases superiores y educadas de
Haití afirman ser escépticas en materia de vudú, la riqueza
y el saber no siempre les ofrecen una protección
adecuada contra la hechicería.
A un hombre acomodado, un "Monsieur", se le
ponchó una llanta en las afueras de un pequeño pueblo.
Cuando se bajó del coche para cambiarla, se le
acercó un viejo pequeñito y de barba blanca (en realidad
un houngan), que se ofreció para buscar la ayuda
de un amigo, y sugirió que entre tanto el Monsieur podía
acompañarlo a su casa para tomar café. De camino,
el houngan confesó que había utilizado un conjuro
para hacer que la rueda se ponchase, y, mientras
tomaban café, advirtió al Monsieur que había un wanga
(un maleficio) escondido en su coche.
Al notar el escepticismo burlón del Monsieur, el
houngan se molestó y preguntó a su huésped si conocía
a Monsieur Célestin, muerto seis meses antes. El
Monsieur le dijo que Célestin era amigo suyo, tras de
lo cual el houngan le preguntó si le gustaría ver a su
amigo y, sin esperar respuesta, hizo restallar seis veces
su látigo. Inmediatamente entró en la habitación,
andando hacia atrás, un hombre cuya figura le resultó
vagamente familiar al Monsieur. Cuando, a una orden
del houngan, se volteó, el Monsieur reconoció a
su viejo amigo Célestin.
Pero no era ya el Célestin de antaño: ahora estaba
inmóvil, con la cabeza colgando, la cara totalmente
inexpresiva, sin habla y sin dar muestras de reconocerlo:
un zombie. El Monsieur se quedó atónito.
El houngan le explicó que la muerte de Célestin había
sido causada por el maleficio de un hechicero, el
cual después lo había transformado en zombie y se lo
había vendido a él por 12 dólares. (Alfred Métraux,
Voodoo in Haiti, trad. Hugo Charteris, págs. 283-84)


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