REENCARNACIÒN 4



Sé que soy inmortal. No hay duda de que he muerto unas diez mil veces en el pasado. M e río de lo que llamáis extinción y conozco la amplitud del tiempo.
                                                                                            WALT WHITMAN
Los sueños cumplen muchas funciones. Ayudan a procesar e integrar los acontecimientos diarios. N os suelen dar indicaciones a menudo en forma de símbolos y metáforas, que nos ayudan a resolver los problemas de la vida cotidiana (las relaciones, los miedos, el trabajo, los sentimientos, las enfermedades, etc.). Nos ayudan a conseguir nuestros deseos y objetivos, si no físicamente, al menos oníricamente. N os sirven para recapacitar sobre los hechos pasados, recordándonos sus paralelos en el presente. Protegen nuestro sueño enmascarando estímulos, como la ansiedad, que de lo contrario nos despertarían. Los sueños también cumplen cometidos más profundos. Pueden proporcionamos caminos que nos lleven a recuperar recuerdos reprimidos u olvidados de la infancia, de experiencias vividas en el útero materno o de vidas pasadas. Fragmentos de recuerdos de vidas anteriores surgen a menudo en los sueños, particularmente en aquellos en que el soñante ve escenas que transcurren años o siglos antes de su nacimiento. Los sueños pueden ser «psíquicos» o premonitorios. Con frecuencia, estos sueños predicen el futuro. La exactitud varía, porque el futuro parece ser un sistema de probabilidades y fatalidades y porque la capacidad humana de interpretar los sueños con precisión es enormemente variable. Toda persona, de cualquier cultura y educación, puede tener sueños «psíquicos» o premonitorios. Sin embargo, mucha gente se queda atónita cuando sus sueños se convierten en realidad. Otro tipo de sueño «psíquico» es el que tiene lugar cuando nos comunicamos con otra persona a distancia. Esta persona puede estar viva y lejos de nosotros geográficamente, o quizá se trate del alma o la conciencia de alguien que ha muerto, como un pariente o un amigo íntimo. De la misma manera, podemos comunicarnos con un espíritu angelical, un maestro o un guía. Los mensajes que se emiten y reciben en estos sueños suelen ser auténticos, conmovedores y muy significativos. También existen los sueños «itinerantes». Durante estos sueños visitamos lugares en los que nunca hemos estado físicamente. Más tarde podemos confirmar detalles de lo que hemos visto. Cuando visitamos ese lugar geográfico en la realidad, aunque ocurra meses o años más tarde, experimentamos una sensación de familiaridad. A veces el soñante viajero visita lugares que tal vez no existan en nuestro planeta. En ocasiones, estos sueños son mucho más que meras fantasías nocturnas. Se trata de experiencias místicas o espirituales a las que accedemos porque el ego y las barreras cognitivas se relajan durante el sueño y mientras soñamos. Los conocimientos y la sabiduría que se adquieren mediante estos sueños itinerantes son susceptibles de transformar toda una vida. Aquel día, al amanecer, Elizabeth tuvo uno de estos sueños. Elizabeth irrumpió en mi despacho antes de hora, ansiosa por explicarme el sueño que había tenido la noche anterior. Parecía menos angustiada y más relajada que nunca. Me dijo que sus compañeros de trabajo le habían comentado que la veían mejor, más paciente y amable, incluso más animada que la «antigua» Elizabeth, la de antes de que muriera su madre. -No ha sido un sueño de los habituales -recalcó-. Era mucho más vivo y real. Todavía me acuerdo de detalles, cuando normalmente me olvido muy rápidamente de los sueños, como bien sabes. Le había propuesto que escribiera sus sueños en cuanto se despertara. Tener un diario en la mesita de noche y anotar todo lo que consideremos representativo de nuestros sueños es un buen ejercicio para agilizar la memoria. Si no, el contenido del sueño se pierde fácilmente. Pero Elizabeth siempre había sido perezosa cuando .se trataba de narrar los sueños por escrito, y cuando llegaba a mi consulta ya se había olvidado de la mayoría de detalles, si es que todavía recordaba algo. Este sueño fue diferente, tan vívido que todos los detalles quedaron grabados en su mente. -Al principio entraba en una habitación espaciosa, No había ventanas, lámparas, ni luces de ningún tipo. Pero, en cierto modo, las paredes resplandecían. Irradiaban suficiente luz para iluminar cada recodo de la habitación. -¿Las paredes estaban calientes? -le pregunté. -Creo que no. Despedían luz, pero no calor; aunque no llegué a tocarlas con las manos. -¿Qué más advertiste en la habitación?

-Sé que había una biblioteca o algo parecido, pero no recuerdo haber visto libros ni estanterías. En una esquina del cuarto había una estatua de la Esfinge, con dos sillas de una época antigua a cada lado. No eranmodernas. Eran muy parecidas a un trono de piedra o de mármol. Se quedó callada un momento, mirando fijamente hacia arriba y a la izquierda mientras intentaba recordar cómo eran aquellas sillas antiguas. -¿ Por qué crees que había una estatua de la Esfinge? -pregunté. -No lo sé. Quizá porque en la biblioteca era posible descifrar secretos. Recuerdo el enigma de la Esfinge: ¿Qué es lo que se sostiene sobre cuatro patas por la mañana, sobre dos durante el día y sobre tres por la noche? El hombre. Un bebé que gatea se convierte en adulto que a su vez envejece hasta que necesita un bastón para andar. Quizá la estatua de la Esfinge tenga algo que ver con el enigma, o con los enigmas en general. -Podría ser -admití, mientras mi mente volvió al Edipo y a la primera vez que oí hablar del enigma-, aunque también puede significar muchas otras cosas -añadí-. Por ejemplo, ¿y si la Esfinge nos proporciona, de alguna manera, una pista sobre la naturaleza de la biblioteca, sobre su estructura o sobre su ubicación? La mente que sueña puede ser muy compleja. -No estuve allí el tiempo suficiente para comprobado -respondió. -¿Había algo más en la habitación? -Sí -dijo sin dudado un segundo-. Había un hombre por ahí cerca vestido con una túnica blanca muy larga. Creo que era el bibliotecario. Él decidía quién podía entrar en la habitación y quién no. A mí me dejó entrar por alguna razón que desconozco. En ese momento mi mente práctica ya no pudo soportado más. -¿ Qué sentido tiene una biblioteca sin libros? -le dije impulsivamente. -Ésta es la parte más extraña. Lo único que tenía que hacer era extender los brazos con la palma de las manos hacia arriba y el libro que yo buscaba se iba materializando sobre mis manos. Aparecía en un instante, como si saliera directamente de la pared y se solidificara en mis manos. -¿ Qué clase de libro era? -No lo recuerdo bien. Un libro sobre mí, sobre mis diferentes vidas. Tenía miedo de abrirlo. -¿ Por qué? -No lo sé. Contenía algo malo, algo de lo que me avergonzaría. -¿Te ayudó el bibliotecario? -Pues no, la verdad. Se puso a reír. Luego dijo: «La rosa, ¿ tiene miedo de sus espinas?» Y se burló un poco más de mí. -¿ Qué ocurrió entonces? -Me acompañó hasta la salida. Pero tuve la sensación de que al final comprendería lo que él había querido decir y podría volver sin miedo para leer aquel libro. Se quedó en silencio, pensativa. -¿Acaba aquí el sueño? -le pregunté. -No. Cuando abandoné la biblioteca me dirigí a un aula donde se impartía un curso. Había allí quince o veinte estudiantes, entre ellos un hombre joven que me resultaba muy conocido; se parecía a mi hermano..., pero no lo era, no era Charles -añadió refiriéndose a su hermano en la vida actual, que reside en California. -¿ De qué trataba el curso? -No lo sé. -¿ Pasaba algo más? -pregunté. -.... Sí -respondió dubitativa. Me pregunté por qué dudaba ahora después de haberme descrito con tanto detalle escenas del sueño muy insólitas. -Apareció un profesor -continuó explicando casi en un susurro-. Sus ojos eran de un marrón intenso, pero de pronto adquirían un tono violeta y luego volvían a recuperar su color original. Era muy alto y llevaba una túnica blanca como única prenda. Iba descalzo... Se me acercó y me miró fijamente a los ojos. -¿Y? . -Un sentimiento de amor indescriptible se apoderó de mí. Sabía que todo iba a salir bien, que todo lo que estaba experimentando formaba parte de un programa, y que ese plan era perfecto. -¿Te lo dijo él? -No. No hizo falta. De hecho, no dijo nada. Simplemente sentí todas estas cosas, que parecían provenir de él. Pude sentido todo, saberlo todo. Sabía que no tenía que temer... nunca... Después, él se marchó. -¿Qué más? -Me sentí muy ligera. Lo último que recuerdo es que flotaba entre las nubes. Me sentía tan amada y tan segura... Después me desperté. -¿Cómo te sientes ahora?


 LAZOS DE AMOR


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