VISIONES EN EL MOMENTO DE LA MUERTE

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Se necesita valor para enfrentar la realidad de la muerte, y para formular en forma muy definida nuestras creencias sobre el tema... La muerte es el único hecho que podemos predecir con absoluta seguridad y, sin embargo, la mayoría de los seres humanos se rehusa a considerarlo, hasta que lo enfrenta de modo inminente y personal.


Visiones de personas cuya muerte era conocida por los moribundos que las veían, y visiones percibidas también por los demás
Yo creo que a ningún alma se le deja tender sola su vuelo invisible hacia el Paraíso. Yo creo en la Gloria in excelsis, en la que el radiante huésped de Dios acoge al espíritu incorpóreo en los confines del nuevo mundo. Recuerdo haber oído una vez que un niño moribundo se estremecía temerosamente ante la idea de marcharse solo. Pero justamente antes de llegar el fin brotó un espíritu de sublime confianza, la presencia sobrenatural de una visión, la identificación de algún camarada, y el pequeño exclamó: "No tengo miedo. Todos están aquí..." Yo creo que el cuarto de los moribundos está lleno de ángeles sagrados.
Basil Wilberforce
Existen muchos relatos garantizados por quienes han asistido a los últimos momentos de un amigo o pariente moribundo, según los cuales poco antes de morir la persona moribunda ha tenido una visión radiante que iluminaba su rostro de alegría por la aparente identificación de algún allegado antes de pasar al mundo de lo invisible. Es innecesario citar un gran número de casos, toda vez que mis lectores ya conocerán sin duda algunos ejemplos. Tales casos no se producen en una sola comarca ni en una sola nación, sino que parecen ser más o menos comunes a todo el mundo. He aquí, por ejemplo, un caso sucedido entre los indios de Saskatchewan:
La subdirectora del hospital indio de Ahtahkakoops, de la Reserva de Sandy Lake en Saskatchewan (Canadá) me escribe el 28 de enero de 1925 acerca de un paciente de suhospital en la siguiente forma:
Era un muchacho indio de unos veinte años de edad, hijo del jefe Papewyn, de una Reserva vecina. Se hallaba en la última fase de la tisis y había sido llevado allí para que se le cuidara hasta su fin. Fue alojado en una cabaña, a unas cien yardas de distancia.
Por fin llegó el día supremo. Era de noche, y yo me encontraba con él. Yacía tranquilamente en su lecho, cuando súbitamente se sentó. Extendió los brazos con anheloso ademán, y una sonrisa radiante iluminó su rostro. No era simplemente una sonrisa de placer, sino algo muy superior. Fue alzado el velo, y nadie que mirara dejó de percibir que era una visión gloriosa la que encontraba lamirada del moribundo. Éste se reclinó después en su lecho, me miró con una sonrisa y expiró. Había pasado el día tranquilo y con conocimiento, sin delirar. Aquello fue un claro vislumbre de esa vida más alta en la que iba a entrar.
R. Hutchinson (subdirectora)
Algunos casos interesantes de visiones percibidas por moribundos se encuentran en un libro de la Sra. Joy Snell (The Ministry of An,gels), que fue enfermera de un gran hospital, y los casos que ella narra son experiencias personales y no narraciones relatadas de segunda mano.
La Sr. Snell parece ser una narradora cuidadosa y concienzuda, y me ha facilitado amablemente los nombres y otros detalles de los casos referidos anónimamente en su libro.
A continuación copio algunos de estos casos, según los dio ella:
Recuerdo la muerte de una mujer (la Sra. Brown, de treinta y seis años de edad), que fue víctima de esa enfermedad tan terrible: el cáncer maligno. Sus sufrimientos eran grandísimos, y ella rezaba ansiosamente para que la muerte llegara pronto y acabara su agonía. Súbitamente, sus sufrimientos parecieron cesar. La expresión de su rostro, que un momento antes estaba contraído por el dolor, cambió para expresar una alegría radiante. Mirando hacia lo alto, con un fulgor alegre en los ojos, tendió las manos y exclamó: "¡Oh, madre querida, has venido a buscarme! ¡Qué contenta estoy!" Y un momento después, su vida física había cesado.
A mi memoria acude el recuerdo de otra muerte que ocurrió hacia la misma época. Ésta fue la de un viejo soldado (el Sr. Auchterlonie, de cincuenta y nueve años de edad), que se encontraba en la última fase de una tuberculosis contraída mientras luchaba por su patria. Era valeroso y paciente. 
Pero tenía frecuentes paroxismos de dolor que eran casi insoportables, por lo que ansiaba el alivio que ya sabía que sólo podría traerle la muerte. Se hallaba presa de uno de estos espasmos, y sus facciones se contraían agónicamente al debatirse por respirar, cuando de súbito se calmó. Una sonrisa iluminó su semblante, y mirando hacia lo alto exclamó con un tono de alegría en la voz: "¡Marion, hija mía!" Luego llegó el final. Su hermano y su hermana se encontraban a su cabecera.
Ésta le dijo a aquél: "Ha visto a Marion, su hija predilecta. Ha venido a llevárselo adonde ya no sufrirá más." Y añadió con fervor: "¡Gracias, Señor! Por fin ha encontrado reposo."
La Sra. Kinloch, de Boundary Read, St. John's Wood, N.W., me remite casos de visiones de moribundos que le han sido narrados a ella y que transcribo con sus mismas palabras:
Mi hermana -recientemente fallecida-, que se hallaba junto a mi madre cuando ésta murió, me ha referido que el día anterior a su muerte mi madre exclamó de súbito: "¡Oh, mira ahí a tu padre!", y señaló a un ángulo de la habitación, pero mi hermana no logró ver nada. Una pobre mujer a quien he conocido me contó el otro día que poco antes de morir su madre dijo de pronto: "Tom, acerca más la barca, no puedo entrar en ella." Tom era su esposo.
En este caso y en los tres siguientes las apariciones parecen haber tenido un objeto más o menos preventivo. El incidente fue relatado a la directora de la revista Psychica, que lo juzgó tan interesante que pidió a esta señora que lo repitiera por carta, cosa que ella hizo de buena gana, rogando únicamente que sólo se publicaran sus iniciales, aunque su nombre y dirección eran conocidos por la directora de la revista.
La carta dice así:
Muy señora mía: Con respecto al incidente que le he relatado y que ocurrió hace varios años, he aquí los hechos tal como sucedieron:
Mi hija falleció a los diecisiete años de edad. Llevaba enferma unos cinco años, y en los ocho meses que precedieron a su muerte no había podido moverse de la cama. Durante todo este tiempo, hasta el momento de su muerte, conservó un grado notable de inteligencia y voluntad. Quince días antes de su muerte, una noche en que me incliné sobre la cabecera de su lecho, le pregunté, al verla ensimismada, en qué estaba pensando. Ella repuso: "Mamá, mira allí", señalando a las cortinas de la cama. Yo seguí la dirección de su mano y vi la forma de una mano completamente blanca, que resaltaba con gran claridad en la negra cortina. No teniendo ideas espiritistas, experimenté una intensa emoción y cerré los ojos para no ver más.
Mi hija me dijo: "No me contestas." Yo tuve la debilidad de declararle que no veía nada. Pero mi trémula voz traicionaba mi certidumbre, pues mi hija añadió con un ligero aire de reproche: "¡Oh, mamaíta! Yo he visto eso mismo durante los tres últimos días y a la misma hora. Es mi querido padre que ha venido a llevarme."
Mi hija murió quince días después, pero la aparición no se repitió. Quizás alcanzara su mayor intensidad el día que yo la vi.
La directora de Psychica hace notar: La señora que firma esta carta no es una persona crédula, y declara que vio la visión junto al lecho de su moribunda hija y en un momento en que sus pensamientos se hallaban muy lejos de la creación de una forma fantasmal.
Un anciano llamado John George -abuelo de Carlos Dyer, el muchacho a que acaba de aludirse estaba agonizando. Él y su esposa, Mary Ana George, habían tenido una gran pesadumbre aquel mismo año por la muerte de Tom, su hijo menor, joven que había perecido en la línea ferroviaria en que trabajaba.
El moribundo anciano había pasado algún tiempo tranquilo, como si durmiera, cuando, de pronto, se incorporó, abrió desmesuradamente los ojos, y, mirando del lado de la cama opuesto al que ocupaba su esposa, exclamó: "¡Cómo, aquí está Tom, y está perfectamente, no tiene cicatrices! ¡Oh, tiene un aspecto magnífico!" Después de una pausa añadió: "¡Y aquí está Nance también!" Otra pausa, y después: "Mujer, está muy bien. Ha sido perdonada." Y poco después el anciano expiró, llevándose consigo un pesar que había oprimido largo tiempo el corazón de la madre, pues Nance había incurrido en pecado y había muerto poco después de que naciera el niño y, como pensaba la pobre madre, "sin haber tenido tiempo de arrepentirse".
El siguiente caso lo ha facilitado también la Sra. Shepherd Munn, y, como los dos precedentes, ocurrió también en Orbeton (Herefordshire):
Una mujer, llamada Mary Wilding, agonizaba víctima de un cáncer. Quería apasionadamente a su marido, Charles Wilding. Ambos habían trabajado juntos, educado a sus hijos, ahorrado algún dinero y adquirido una linda casita en Orbeton, en donde pasaron juntos algunos años confortables y felices. Cuando ella comprendió que se moría y dejaba a "Charlee" se sintió muy desgraciada Y les
hizo sufrir a todos mucho, irritándose y lamentándose de su destino. Un día en que se aproximaba el fin, y con motivo de que una hermana suya, que ayudaba a cuidarla, se encontraba sola en la habitación con ella, Mary Wilding alzó de pronto la vista con radiante expresión y dijo: "¡Oh,Emmie, mamá está aquí! Ha venido a por mí Y va a llevarme con ella. Ya no perdió nunca la sensación de confiada alegría, y expiró al día siguiente con absoluta tranquilidad,
El Dr. Hyslop relata el siguiente caso, que lo supo por un amigo, de cuyo testimonio no tiene motivos para dudar:
Aquella tarde (14 de mayo de 1906) visité a una señora cuyo hijo, niño de nueve años de edad, había muerto dos semanas antes. Este niño había sido operado de apendicitis hacía unos dos o tres años y había padecido, al mismo tiempo, peritonitis. Logró restablecerse y pareció encontrarse bien durante algún tiempo. Pero volvió a enfermar y fue llevado a un hospital para que le operaran. Aquí conservó un raciocinio perfecto, reconociendo a sus padres, al médico y a la enfermera cuando se hubo disipado la influencia del anestésico. Sintiendo que se iba, pidió a su madre que le cogiera las manos hasta que se hubiera ido. Pronto alzó la vista y le dijo: "Mamá querida, ¿no ves ahí a mi hermanita?" "No. ¿Dónde está?" "Ahí, a la derecha. Me está mirando." Entonces la madre, para tranquilizarle, le dijo que veía a la niña. A los pocos minutos el semblante del niño se ilumino gozosamente y dijo: "Ahí viene la Sra. C. (una señora a la que quería mucho y que había fallecido unos dos años antes) y me sonríe como acostumbra a hacerlo. Está sonriendo y quiere que me vaya." A los pocos momentos añadió: "¡Ahí está Roy! Me voy con ellos. Yo no quisiera dejaros, pero pronto vendréis conmigo, ¿verdad? Abrid la puerta y dejadlos entrar. Están esperando afuera", y el niño expiró.
La madre confirma este relato, y una indagación ha aclarado los hechos siguientes:
La "hermanita" a que se refiere el niño había muerto años antes de que él naciera. "Roy" es el nombre de un amigo del niño, que había muerto un año antes.
El siguiente caso está tomado de la Vida del Reverendo Dwight L. Moody, el célebre predicador evangélico de los Estados Unidos. Los últimos momentos del Sr. Moody los describe su hijo, el biógrafo, de la siguiente forma:
De pronto murmuró: "La tierra retrocede, el cielo se abre ante mí. He atravesado las puertas. Dios me llama. No me hagáis volver. Es bellísimo. Parece un trance. Si esto es la muerte, ¡qué dulce es!" Luego se iluminó su semblante y dijo con un tono de éxtasis gozoso: "¡Dwight! ¡Irene! Veo las caras de los niños." (Se refería a sus dos nietecitos que habían fallecido antes.) Volviéndose hacia su esposa, añadió: "Mujer, has sido una buena esposa para mí", y, tras esto, perdió el conocimiento

VISIONES EN EL MOMENTO DE LA MUERTE
WILLIAN BARRETT

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