RELAJACIÓN Y MEDITACIÓN EN LA NATURALEZA





¡Oh, viejo estanque!
Salta una rana,
¡El ruido del agua!
(“Haiku” de Matsuo Basho)


Además de poderse practicar ejercicios o métodos concretos de relajación en un bello y tranquilo entorno, ¡quién no ha experimentado alguna vez un profundo estado de
relax mientras simplemente contemplaba los elementos de la naturaleza!: observar el curso de un río , la superficie de un lago, las huellas del zorro en la nieve, escuchar el rumor de la lluvia, el susurro del viento, sentirnos dentro del bosque, seguir el flujo
de las nubes a través del cielo o el de las olas emergiendo y retornando al mar, oler el aroma de las flores, oír la conversación de los pájaros, abrazar el tronco de un árbol, ascender con la imaginación por las altivas montañas, escuchar lo que dice el desierto, caminar descalzo sobre la hierba, descansar tumbado en un prado tras una caminata o simplemente “estar” en la naturaleza, son algunos ejemplos de la infinidad de situaciones que pueden ayudarnos a distender, no solo nuestros músculos, sino también -y lo que es más dífícil- nuestras defensas psicológicas, y a que, de alguna forma, “fluyamos” con ellos. Según el poeta japonés Basho , “Haiku es simplemente lo que
está sucediendo en este lugar, en este momento”: esto lo que puede llegar a suceder, valga la redundancia, cuando estamos relajados para con nosotros mismos y atentos a los mensajes de la naturaleza. Quizás la clave se encuentre en eso, teóricamente tan
sencillo, en la práctica tan difícil, de “observar sin pensar” (quiero decir, pensando lo suficiente como para no tropezar con una piedra o caer por un precipicio, por ejemplo).
A veces pienso en cómo las personas nos complicamos la vida y nos gastamos mucho dinero en complejos métodos de relajación o meditación cuando la naturaleza nos lo pone tan fácil: eso sí, ésta exige respeto, conocimiento y atención; hay quien emplea el contacto con el medio natural para relajarse sin más pretensiones, y hay personas en las que la distensión, o incluso la acción, se transforman, de forma espontánea o buscada-encontrada intencionadamente, en vivencia meditativa e integrativa.
Y es que, al fin y al cabo, parece que en la naturaleza todo sucede como es y como debe ser, de acuerdo a su propia Naturaleza: 

“Todo está Aquí y Ahora” o
“Cuando estoy en la Naturaleza, la Naturaleza está en mí”

Estas experiencias en y con lo natural podrían ser entendidas como “vivencias fusionales” entre el Hombre y el Mundo, que aliviarían ese sentimiento de “Separatidad” del que hablaba Erich Fromm, representando la vuelta al “paraíso perdido”, a los orígenes, a casa.
Según el escritor Peter Matthiessen , el vacío y el silencio de las montañas nevadas producen estados de conciencia como los que se dan en la meditación al vaciar la mente: “Allí es casi imposible engañarse, las defensas caen”, según refiere dicho autor. 

De hecho, en la naturaleza uno se puede encontrar con la suya propia. 
Parece lógico pensar que cuando algo nos hace vibrar tan especialmente, en el fondo sea así porque compartamos la misma esencia. 
Como dice Karl Unger: 
“Podemos experimentar nuestro ser en la naturaleza y en nosotros mismos el ser de la naturaleza”

Querámoslo o no, y pese a tanta “virtualidad” actual, en el fondo seguimos siendo naturaleza.
El que se atreva y sepa escuchar “el sonido del silencio” en un bosque de hayas, o “el silencio del sonido” al lado de una rugiente cascada, puede ser afortunado de vislumbrar la doble apariencia de las cosas, estática y dinámica: sorprendentemente,
parece como si en la naturaleza todo estuviese quieto y fluyese al mismo tiempo .
Pero, quizás no haga falta ponerse tan trascendente para sencillamente disfrutar del medio natural; como en cierta ocasión en la que me decía un montañero: 
“Cuando estoy en el monte al menos no le doy tanto al bolo”, de manera que el acudir allí suponga una desconexión de la rutina diaria (“alejarse del mundanal ruido”) y del ambiente tan cargado de artificios que nos ha tocado vivir. 
Esto último opera como un factor  que, no obstante, suele dificultar que el hombre moderno pueda sentirse
plenamente relajado en un medio que, en muchos casos, le resulta hostil (y así es también en la práctica, no sólo en su imaginación) por lo dispar de las características de
éste (“salvaje”) respecto a las de aquel en el que se ha criado (“humanizado”).
Pensemos en los riesgos que corre, por ejemplo, alguien que intenta acariciar una venenosa víbora creyendo que es una inocente culebrilla, aunque lo haga con toda su
buena intención. Probablemente, para alcanzar nuestro equilibrio en la naturaleza haya que estar en equilibrio con ella. De todas formas, también podemos relajarnos, e incluso
encontrar a la naturaleza, no sólo en las montañas, los desiertos, los bosques o el mar, sino también en el humilde geranio de la terraza o en el gorrión metropolitano.
No obstante, para que las personas como especie podamos seguir
beneficiándonos del encuentro con la naturaleza en su estado primigenio, ya sea desde la simple relajación hasta llegar a metas más complejas o trascendentes, será preciso y básico preservar y recuperar el medio natural, tan castigado por siglos de “desarrollo” humano. En definitiva, nuestro respeto hacia él será un respeto hacia nosotros mismos,
porque, como dijo Confucio, 

“Si sirves a la Naturaleza, ella te servirá a ti.”


José Tappe Martínez

Doctor en Medicina. Especialista en Psiquiatría. Posgrado en Medicina Naturista

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