El significado oculto de la sangre Rudolf Steiner




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Fausto, el representante del más elevado esfuerzo humano, entra en un pacto con los poderes malignos, representados por Mefisófeles, el emisario del Infierno. Fausto está a punto de firmar un contrato con Mefistófeles, quien le pide lo firme con su propia sangre. Fausto, al principio, lo mira con curiosidad; pero sin embargo, Melistófeles emitió la siguiente sentencia que Goethe deseaba se considera con toda seriedad: “La sangre es un fluido muy especial”.
Fausto se hizo una pequeña incisión en la mano izquierda con un cortaplumas, y que al tomar la pluma para firmar el contrato la sangre que brotaba de la herida formó las siguientes palabras: “¡Oh, hombre!, escápate”.
Puede suponerse que el representante de los poderes del Mal cree -o, mejor dicho, está convencido- de que tendrá a Fausto más sujeto o su poder si puede obtener, aunque más no sea, que una gota de su sangre. Esto es evidente, y nadie puede dar otra explicación al asunto. Fausto debe escribir su nombre con su propia sangre, no porque el diablo sea enemigo de ella, sino, más bien porque desea obtener poder sobre la misma.

El que obtiene poder sobre la sangre de un hombre obtiene poder sobre el hombre mismo y que la sangre es un “fluido muy especial”, porque es por ella que debe ganarse la batalla, por así decirlo, la lucha que se realiza en el hombre entre el bien y el mal.

El hombre interno se pone en contacto con lo externo por medio de la sangre, y en ese proceso la sangre humana absorbe oxígeno, el que constituye el verdadero aliento de vida. Mediante la absorción de este oxígeno la sangre sufre una renovación. La sangre que va en busca de ese oxígeno es una especie de veneno para el organismo -un verdadero destructor y demoledor-, pero mediante la absorción de aquel, esa sangre rojo azulada se transforma en un fluido rojo, dador de vida, por el proceso de la combustión. Esa sangre que pasa por todo el cuerpo, depositando por doquier sus partículas primitivas, tiene a su cargo la tarea de asimilar directamente los materiales del mundo externo y de aplicarlos, mediante el método más rápido posible, a la nutrición del cuerpo. Es necesario, para el hombre y los animales superiores, absorber primeramente esos materiales alimenticios en su sangre; entonces, una vez formada ésta, tiene que tomar el oxígeno del aire y construir y sustentar el cuerpo por su intermedio.
 “La sangre con su circulación es semejante a un segundo ser y en relación con el hombre corporal, óseo, muscular y nervioso, actúa como una especie de mundo exterior”. Porque es un hecho que todo ser humano está obteniendo continuamente su sustento de la sangre, y al mismo tiempo descarga en ella lo que ya no le sirve más. La sangre humana es, por consiguiente, un verdadero doble a quien se lleva constantemente consigo como inseparable compañero, y del que el hombre obtiene nueva fuerza dándole en cambio todo lo que ya no le sirve. Podríase llamar a la sangre, con toda propiedad, el “líquido vital del hombre”, porque este fluido especial, constantemente cambiante, es seguramente tan importante para el hombre como la celulosa para los organismos inferiores.
Debemos indicar que el hombre se compone de un cuerpo físico, de un cuerpo etérico, de un cuerpo astral y de un ego, o ser interno real; y que, dentro de ese ser interno, están los rudimentos de tres estadios superiores de desenvolvimiento, lo que se originarán en la sangre. Esos tres estados son Manas, Buddhi y Atma.
Manas, el ser espiritual en contradistinción del ser corporal.
Buddhi, el Espíritu de Vida.
Atma, el espíritu real y verdadero del hombre, lejano ideal de la humanidad actual; el germen rudimentario, que está latente en él, alcanzará, en futuras edades, la perfección.

La sangre es la expresión del cuerpo etérico individualizado, así como el sistema cerebro-espinal es la expresión del cuerpo astral individualizado. Y esta individualización es lo que produce el ego o “yo”.
Los vasos sanguíneos, así como el corazón, son la expresión del cuerpo etérico, y, en la misma forma, la médula espinal y el cerebro expresan al cuerpo astral . Y de la misma manera como por medio del cerebro se experimenta internamente el mundo externo, así también, por medio de la sangre, este mundo interno se transforma en expresión externa del cuerpo del hombre. La sangre absorbe las imágenes del mundo externo que el cerebro ha formado internamente las transforma en fuerzas vivientes constructoras y con ellas sustenta el cuerpo humano.
La sangre es, por consiguiente, el material que construye el cuerpo del hombre. Ante nosotros tenemos el proceso mediante el cual la sangre extrae de su alrededor cósmico las mas elevadas sustancias que es posible obtener, o sea el oxígeno, el que renueva la sangre y la provee de nueva vida. Y de esta manera la sangre se ve obligada a abrirse al mundo externo.
En la sangre reside el principio para el desarrollo del ego. El yo solo puede expresarse cuando el ser es capaz de formar, dentro de sí mismo, imágenes que ha obtenido del mundo externo. Un yo tiene que ser capaz de tomar al mundo externo en sí mismo y reproducirlo internamente.
Mediante la sangre, ayudada por el oxigeno del mundo exterior, el cuerpo individual se forma de acuerdo con las imágenes de la vida interna. Esta formación se expresa como percepción del yo.
El ego se dirige en dos direcciones, y la sangre expresa esta facultad exteriormente.
La visión del ego está dirigida hacia adentro, su voluntad se dirige hacia afuera. Las fuerzas de la sangre se dirigen hacia adentro, forman al hombre interno y de nuevo vuelven hacia afuera, hacia el oxigeno del mundo exterior. Debido a esto el hombre se hunde en la inconsciencia cuando duerme; se sumerge en aquello que su conciencia puede experimentar en la sangre. Cuando, no obstante, abre nuevamente los ojos al mundo externo, su sangre añade a sus fuerzas constructoras las imágenes producidas por el cerebro y los sentidos.
De esta manera, la sangre permanece en el medio, por decirlo así, entre el mundo interno de imágenes y el mundo externo de formas vivientes. Este fenómeno queda aclarado cuando estudiamos dos fenómenos: la ascendencia -relación entre seres conscientes- y la experiencia en el mundo de acontecimientos externos. La ascendencia, o descendencia, nos coloca donde estamos, de acuerdo con la ley de las relaciones sanguíneas. Una persona nace de una raza, de una tribu, de una línea de antecesores, y lo que estos antecesores le han transmitido está expresado en su sangre. En la sangre está almacenado, por así decirlo, todo lo que el pasado material ha edificado en el hombre; y en la sangre se están formando también todas las cosas que se preparan para el futuro.
Así como se hereda la forma de la nariz de los antecesores, también, se hereda la forma de todo el cuerpo y sus ascendientes están activos en su sangre.
En los tiempos primitivos las tribus se mantenían alejadas unas de otras, y los miembros individuales de la familia se casaban entre sí. Se ha demostrado que esto ha sido así en todas las razas y con todos los pueblos; y el momento en el que se  rompió ese principio fue de la mayor importancia para la humanidad, cuando comenzó a introducirse sangre extraña y cuando las relaciones matrimoniales entre miembros de la misma familia fueron substituidas por casamientos con extranjeros, dando así lugar a la exogamia. La endogamia preserva a la sangre de la generación, permite que sea la misma sangre la que fluya en todos los miembros de la misma familia, durante generaciones enteras. La exogamia inocula nueva sangre en el hombre y este rompimiento del principio de la tribu, esta mezcla de sangre que, más o menos pronto, tiene lugar en todos los pueblos, significa el nacimiento del intelecto.
El punto importante es que, en los antiguos tiempos, había una vaga clarividencia de donde han brotado los mitos y las leyendas. Esta clarividencia podría existir entre las personas de la misma sangre, así como nuestra conciencia actual es el producto de la mezcla de sangres. El nacimiento del intelecto, de la razón, fue simultáneo con el advenimiento de la exogamia. Por sorprendente que ello pueda parecer, es, sin embargo, cierto. Pero esta mezcla de sangre que se produce mediante la exogamia es también la causa de la muerte de la clarividencia que se poseía en los primitivos días, para que la humanidad pudiera evolucionar y llegar a un grado superior de desenvolvimiento; y así como la persona que ha pasado por los estadios del desarrollo oculto recupera esta clarividencia y la transmuta en una nueva forma, así también nuestra clara conciencia de vigilia actual ha surgido de aquella confusa y vaga clarividencia que teníamos en la antigüedad.
Actualmente, todo cuando rodea al hombre está impreso en su sangre; y de ahí que el alrededor ambiente modele al hombre interno de acuerdo con el mundo externo. En el caso del hombre primitivo era aquel que estaba contenido dentro del cuerpo el que se expresaba más plenamente en la sangre. En esos primitivos tiempos se heredaba el recuerdo de las experiencias ancestrales y, junto con ellas, las buenas y las malas tendencias. En la sangre de los descendientes se encontraban las huellas de las tendencias de los antecesores. Ahora bien; cuando la sangre comenzó a mezclarse por medio de la exogamia, esa estrecha relación con los antecesores se fue cortando y el hombre comenzó a vivir una vida propia, personal. Comenzó a regular sus tendencias morales de acuerdo con lo que experimentaba en su propia vida personal.
De manera, pues, que en la sangre sin mezcla se expresa el poder de la vida ancestral, y en la sangre mezclada el poder de la experiencia personal.
Los mitos y las leyendas nos hablan de estas cosas y dicen: “Lo que tiene poder sobre tu sangre tiene poder sobre ti”. Este poder tradicional cesó cuando no pudo obrar más sobre la sangre, porque la última capacidad para responder a dicho poder se extinguió con la admisión de sangre extranjera. Esta afirmación es absolutamente exacta. Cualquiera que sea el poder que desee obtener dominio sobre el hombre debe obrar sobre él de tal manera que su acción se exprese en su sangre. Por consiguiente, si un poder maligno quisiera influenciar a un hombre tendría que empezar por influenciar su sangre. Este es el profundísimo significado espiritual de la vida del Fausto. Esta es la razón porque el representante del principio maligno dice: “Firma el pacto con tu sangre. Si obtengo tu nombre escrito con tu sangre, entonces te tengo a ti, por medio de aquello que domina a todo hombre; entonces te tendré ligado a mí por completo”. Porque cualquiera que domine la sangre domina al hombre mismo o al ego del hombre.
La ciencia moderna ha descubierto que si la sangre de un pequeño animal se mezcla con la de otro de especie diferente, la sangre de uno es fatal para el otro. Esto lo conocía el ocultismo desde hace edades enteras. Si se mezcla la sangre de un ser humano con la de los monos inferiores, el resultado es destructor para la especie, porque el primero está muy lejos de los segundos. Pero si se mezcla la sangre de un hombre con la de los monos superiores, no se produce la muerte. Y así como esta mezcla de sangres de diferentes especies animales produce la muerte cuando los tipos son muy remotos, así también la antigua clarividencia del hombre no desarrollado murió cuando su sangre se mezcló con la de otros que no pertenecían a la misma tribu.
Toda la vida intelectual de hoy en día es el producto de la mezcla de sangres.
Hemos visto que la sangre mezclada con la sangre en el caso de especies animales muy diferentes, mata; y que la sangre mezclada de especies animales análogas no mata. El organismo físico del hombre sobrevive cuando la sangre extraña se pone en contacto con otra sangre, pero el poder clarividente perece bajo la influencia de esta mezcla o exogamia.
El hombre está constituido en tal forma que cuando la sangre se mezcla con otra que no le esté muy lejana en la escala evolutiva, nace el intelecto. Por este medio, la clarividencia original que perteneció al hombre-animal inferior se destruyó, y una nueva conciencia ocupó su lugar.
Aquello que puede vivir en la sangre del hombre es lo que vive en su ego. Así como el cuerpo etérico es la expresión de los fluidos vitales y sus sistemas, y el cuerpo astral del sistema nervioso, así también la sangre es la expresión del yo o ego. El hombre posee belleza y verdad solamente cuando su sangre las posee.
Mefistófeles obtiene posesión de la sangre de Fausto porque desea dominar a su ego. De ahí que podamos decir que la sentencia que ha formado el tema de esta obrita ha sido sacada de las mayores profundidades del conocimiento, porque en verdad, “La sangre es un fluido muy especial”.

Rudolf Steiner



Es Blavatsky quien habla de la sangre basándose en las milenarias enseñanzas orientales: “los anatómicos yerran cuando dicen que el bazo es sólo la fábrica de los leucocitos o glóbulos blancos de la sangre, cuando en realidad es el cuerpo astral. Los glóbulos blancos son de naturaleza astral, y de este plano son exudados por medio del bazo. Los glóbulos rojos son, a manera de gotas de fluido eléctrico, la transpiración de los órganos exudadas de las células. Son ellos la progenie del principio fohático. El hígado es la conexión somática del deseo (Kâma, en sánscrito). Kâma es la vida y la esencia de la sangre, que se coagula cuando éste la abandona”.

La sangre cristaliza de forma diferente en cada ser humano, pues en ella se recoge la historia del alma humana: su evolución, sus pasiones, sus éxitos, sus fracasos, sus esperanzas, todo ello en formas etéricas que circulan por la sangre, por lo que podemos hablar de ella como una especie de “registro” del ser humano.

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